viernes, 20 de julio de 2007

ROMAGNOLI: Y de pronto es ayer

Y de pronto es ayer

(Sobre la precariedad de las relaciones laborales)[1]Umberto Romagnoli

Catedrático de Derecho del Trabajo

de la Universidad de Bolonia

Sumario: 1. ¿Y si fuera una cuestión de costumbres? 2. Cuando se derrumban los tabúes

¿Y si fuera una cuestión de costumbres?

Cansado de documentarme sobre la precarización del trabajo consultando controvertidos estudios estadísticos, hace algunos meses he tenido la muy poco brillante idea de familiarizarme con la literatura nacional que se está desarrollando sobre la precariedad como experiencia de trabajo y de vida.

Desafortunadamente, ninguno de los escritores que he leído demuestra (a lo mejor ni siquiera entraba en sus objetivos) ser capaz de dejar algo diferente de una opaca descripción de una desolada realidad. De esta manera no he tardado en darme cuenta que el trabajo precario en Italia contemporánea no constituye una fuente de inspiración digna para los escritores, por lo menos no de la misma importancia que fué la del trabajo en las administraciones públicas francesas o rusas entre el siglo XIX y el XX. La literatura que inspira es una literatura malhumorada, entre la denuncia y lo testimonial, donde se producen en rápida secuencia episodios repetitivos como los movimientos de un partido de bolos. De heco el estilo literario en estos textos es la de la “aglomeración” de fragmentos de historias individuales (como diría Richard Sennett, cuyo libro sobre El hombre flexible puede ya considerarse un clásico). Historias que “hablan de treintañeros que viven como estudiantes y de parejas que retrasan día a día el momento de tener hijos”. Historias que se parecen todas como gotas de agua. Además, “al final, la historia siempre es la misma”, escribe Andrea Bajani que de este tema es un experto; una historia de “chantajes sufridos, de contratos no renovados ‘por exigencias de mercado’, de falta absoluta de tutela”. Por esas razones el descubrimiento de este género literario empeoraba cada día más mi estado de ánimo.

“La única cosa que es conveniente hacer”, dice Carlo a Aldo Nove, “es centrarnos en el presente”. Aunque sea un “presente ficticio”, le hace eco Maria; ficticio pero “eterno”, según Leonardo; el cual llega a pedir auxilio a Goethe que, en el momento de cambiar vida, dice de si mismo: “¿A dónde va? Quien sabe: se acuerda justo de donde ha venido”. De hambre no se muere: se sobrevive. “Que, de todos modos, es distinto de vivir”, se apresuran a comentar Armano y Angelo… “Todo el mundo está convencido” concluye Marco “de que este es el único mundo posible, que nunca ha existido otro y que nunca existirá”. “Pero en la Universidad veíamos nuestro futuro de rosa y marcado de éxitos”, suspira el personaje de un cuento de Mario Desiati. Posiblemente el también trabajará de obrero en una fabrica, la de su padre. Con la única diferencia que entrará como “interino” o como “mano de obra puesta a disposición”.

Todo cierto. Pero, la lectura es más deprimente que apasionante y antes o después llega el momento de la saturación. Y este es el momento exacto en el que el lector es estimulado a reaccionar con una mueca de fastidio. La mía no podía tener sino un sabor profesoral. Entonces he empezado a sospechar que aquellas historias de vidas rotas tienen a sus espaldas – y al mismo tiempo siguen alimentando – un imaginario colectivo deformado por mitos mentirosos y amnesias reales.

De hecho, es comprobable que la indeterminación temporal de la relación laboral no es – ni lógicamente ni históricamente – indivisible de la estabilidad de la misma: así, hasta los años ’60 del siglo pasado nuestro sistema normativo admitía el libre receso, aun asumiendo (y mas aun justo porque asumía) como relación-estándar la relación por tiempo indeterminado. Más perniciosa es la amnesia que no permite ver el singular contraste sobre el cual habría todavía mucho que decir: si actualmente la precariedad es la principal pesadilla de las nuevas generaciones, en el pasado era justo su contrario lo que suscitaba más preocupación que consenso. Quien tenía un oficio, pero ya podía ejercerlo sólo en las dependencias de otro, detestaba el contrato de trabajo dependiente y advertía como odiosa la obligación de negociarlo. Sobre todo si el contrato no disponía de un término final (como solía pasar especialmente en la fase de primer desarrollo de la industrialización) a petición de las partes. En este caso, su rechazo gozaba de aprobación por parte de la disciplina jurídica vigente. El derecho de la época, de hecho, vetaba la indeterminación de la duración del vínculo laboral.

Por eso sucede que un lector, cansado de agobiarse por el clima de desesperación y de lamentaciones creado por la literatura sobre el trabajo precario, se dedique a rebuscar en los archivos de la memoria histórica para encontrar, si no un motivo propiamente de consuelo, por lo menos unas cuantas razones que le sirvan para mirar el presente positivamente: ¿hay que excluir taxativamente y a priori que, a la par de la duración virtualmente ilimitada de la relación de trabajo, también la precariedad llegue a colmar su déficit de aceptación social? ¿Es una cuestión de costumbres, de prejuicios, de mutación antropológico-cultural?

No es más que una duda, aunque muy fecunda. Puede ser que termine por animar el lector a conocer más al respecto de lo que pasaba en la época en la que los juristas se dieron cuenta de la presencia de una insula in flumine nata originada gracias a la emersión de una tipología contractual a partir de la cual el derecho del trabajo habría podido evolucionar.

Este lector no es un visionario. Sigue preguntándose si un conocimiento menos aproximativo de las técnicas coactivas, o de alguna forma persuasivas, que hicieron que el contrato de trabajo a tiempo indeterminado fuese socialmente apetecible, puedan realmente servir para aclarar un poco las ideas de todos. En conclusión, lo que relampaguea en su cabeza le impulsa a preguntarse si las técnicas de antes siguen siendo todavía disponibles o si es posible reproducirlas o, en caso negativo, si es posible inventar nuevas ideas nunca experimentadas aunque si de equivalente eficacia. Todo esto para facilitar la elección del camino de entrada correcto en el laberinto en el que el derecho del trabajo se ha metido y conseguir que escoja sano y salvo la salida. Todo esto para acelerar los tiempos de adaptación social y reducir los gastos públicos dentro de márgenes compatibles con las modernas democracias de masa. O, al revés, en el caso en el que el resultado final de la re-visitación no sea tan tranquilizador, todo esto servirá para poner el corazón en paz; para resignarse a la idea de que, en el cuadrante de los relojes que ahora se pueden comprar, las agujas se mueven inexorablemente en sentido anti-horario y para aconsejar, por esta razón, a los juristas que se tranquilicen puesto que su convencimiento respecto a que el mañana ya casi es hoy crece paralelamente a la incapacidad de darse cuenta del hecho de que cuanto más corren hacia delante tanto más dan pasos hacia el pasado, y de pronto, es ayer. Victimas y a la vez cómplices inconscientes del pérfido sortilegio, precisamente los juslaboristas que opinan haber llegado ya, con los pies y con la cabeza, al futuro, resultan ser los protagonistas de la re-vitalización de las más antiguas categorías mentales utilizadas por sus antepasados en ocasión de sus desembarcos, generalmente extemporáneos y esporádicos, en las costas de la insula in flumine nata.

Para evitar equivocaciones, hay que decir, de todos modos, que no es solo una cuestión de relojes enloquecidos. El contrato de trabajo ha vuelto de verdad a sus origenes: un poco por si solo, para adaptarse a las novedades que avanzan, más o menos a lo tonto y a lo loco, y un poco gracias a la ayuda de la más reciente legislación.

Sin embargo, llama la atención que haya pasado desapercibida la existencia de espectaculares analogías entre su caída y su ascenso en la historia jurídica. Un ascenso y una caída anunciados por el adensarse de disputas sobre las características morfológicas de un contrato que Ludovico Barassi colocaba en la dimensión irreal de un tiempo sin tiempo. Según el – y la opinión estaba compartida por los iurisconsultos más acreditados de la época – el contrato de trabajo dependiente era, “en su intima estructura”, idéntico al de hace “dos mil años” (sic).

Es notorio como opino sobre a los esquemas heurísticos y cognitivos propios del jusprivatista de la Universidad Católica de Milán: creo que, aun habiendo sido el único jurista de la primera mitad del Noveciento que se dedicó a tiempo completo a la materia, Barassi ha cerrado su digna carrera académico-científica sin darse cuenta de haber transcurrido una vida entera ya no en la zona periférica de un imperio – el del derecho civil codificado – sino más bien en un no-lugar, respecto del cual hacía falta establecer la exacta posición no solo en el sistema normativo sino tambien en el mapa del conocimiento global. Es decir que también el padre fundador de los juslaboralistas disponía de un reloj que daba marcha atrás.

Barassi sabía muy bien que los comunes mortales acostumbrados al trabajo libre-profesional manifestaban hostilidad ante la perspectiva de trabajar por cuenta ajena. La justificaba. Compartía con ellos sus motivos. De hecho, se solidarizaba con ellos. De otra manera no se habría resueltamente declarado a favor de una política del derecho que buscaba desanimar el fracaso de los actores de la micro-economía que hoy llamaríamos “micro empresarialidad” o “empresarialidad difusa”: o sea, “los albañiles, los forjadores y los otros artífices que contratan a precio hecho”, los que en el código civil italiano del 1865, presuponiendo que en ellos se daban las calidades del empresario, seguían siendo considerados nada más y nada menos como “contratistas en relación a la parte de trabajo que les compete”. A no ser así, hubiera sido mucho más útil que el Barassi-pensamiento se fuera centrado en las razones que hicieron que la inaceptación social del contrato de trabajo dependiente no fuese obstáculo a la utilización generalizada del mismo hasta conseguir que esta tipología contractual se convirtiera en la estrella polar del derecho del trabajo legislativo, jurisprudencial o creado en las mesas negociadoras sindicales. Solo así habría podido aprovechar para re-situarse como jurista en unos escenarios más apropiados a la naturaleza de un derecho de frontera.

De todos modos yo siempre he dudado de la sinceridad de Barassi. Si de verdad desde su punto de vista la autonomía representaba el Bien – como se declaraba dispuesto a jurar – y la subordinación el Mal ¿Cuál es la razón que lo indujo a hacer cuanto podía por agravarlo?

Para hacerse una idea de su contradictoria complicidad, podría ser suficiente una sumaria descripción del síndrome de la desorientación que se hacia dueña de Barassi en el momento en el que tenía que medirse con la dimensión colectiva de la cuestión-trabajo.

El derecho a la coalición ha sido “concedido” a los obreros – es la resignada constatación desde la cual se mueve Barassi, “y está bien” – pero la huelga representa de la misma una manifestación degenerativa – “una plaga que asola el cuerpo social” – contra la cual la inercia del jurista es inadmisible, por lo menos cuando la huelga se realiza sin preaviso y no está justificada por la violación de acuerdos por parte del empresario. Es así, entonces, como Barassi moviliza los recursos propios de la profesión. “Si alguien dijera que los trabajadores en huelga pueden ser condenados a compensar el daño al empresario, probablemente no gozaría de credibilidad; sin embargo está diciendo la verdad”. No es verdad que el empresario esté desarmado. En su favor juegan los principios generales del derecho de los contratos: no solamente el de la responsabilidad por incumplimiento, también aquel en virtud del cual abstenerse de trabajar se puede considerar una ruptura de la relación laboral por iniciativa del trabajador en huelga – que de esta manera pierde el empleo por su voluntaria dimisión – y, en la duda, se le puede sancionar con el despido; todo esto dando por hecho que idéntica es la suerte de los pocos o muchos trabajadores no participantes en la huelga cuyos brazos lleguen a ser “inútiles o inactivos” a causa de la suspensión de la actividad laboral por los demás trabajadores. ¿Es posible que “el obrero de inteligencia media (aunque Barassi prefiera hablar de nivel medio) no haya entendido que el empresario se negaría categóricamente a contratarlo si no fuese garantizado el simultaneo trabajo” de todo el personal obrero?

Menos ritual al estado de los conocimientos pero más pertinente al tema central objeto de esta reflexión, es recordar la interpretación barassiana de la prohibición establecida en el código civil de instituir relaciones de trabajo dependiente sine die.

Eufóricos por las notas de la Marsellesa, al escuchar la cual se podría decir que la revolución francés había quemado e incinerado un pasado secular, los autores del código civil que, como el napoleónico, habría sido objeto de imitación en numerosos Estados de la Europa del siglo XIX, consideraron la indeterminación temporal de las relaciones laborales de tipo subordinado como un inadmisible vulnus para la libertad personal del obligado. Por eso, la prohibición de instaurar relaciones a tiempo indeterminado tenía el valor de una medida excepcional de orden público y su violación estaba sancionada con el más intransigente de los automatismos que es posible preveer en el código civil: la invalidez absoluta del contrato estipulado. De hecho, la nulidad disparaba y golpeaba en todos los casos que se verificase una puesta a disposición de mano de obra en la cual no resultase predeterminada la extensión del tiempo de trabajo (y por tanto de vida) cedido a cambio de la retribución, con la consiguiente exoneración de la responsabilidad por daños producidos por la voluntaria e unilateral cesación de la relación.

Es una pena que los juristas de cada época hayan reflexionado poco o nada sobre el destino del solemne enunciado normativo que expulsaba del ordenamiento la concepción servil del trabajo que los hijos de una sociedad sobrecargada de detritos e incrustaciones feudales habían mamado junto a la leche materna. En efecto la disposición no habría de poder sufrir suerte más melancólica.

Falló el objetivo, como testimonia la imparable expansión de la practica de las asunciones sine die que tenían la ventaja de garantizar de manera simultanea la tendencial estabilidad de la fuente de renta de trabajo y una regularidad más o menos aceptable en la organización productiva de la industria. Los empresarios que llenaban las fabricas con mano de obra mal surtida y flotante podían disponer de una cajita de instrumentos menos rudimentaria y más variada para gobernarla y controlar el turn over; y sus empleados, sepultado el sueño de retomar el trabajo autónomo propio o de los padres, podían disponer de un mecanismo apto para proteger la aspiración hacia aquel complejo de bienes – sobre todo continuidad en la renta y progresión en la carrera – que depende de la instauración de una relación justamente sine die. Concluyendo, al final del siglo XIX, la expectativa respecto a la larga duración de la relación laboral aparece ya ampliamente compartida y fue por eso inevitable que el acento cayese no tanto sobre la fuerza transgresiva de la practica ya imperante respecto al derecho positivo abstractamente evaluado cuanto, más bien, sobre las ventajas concretas que la mayoría de los contratantes puede sacar de la misma.

Al mismo tiempo, el histórico veto respecto a la re-feudalización de las relaciones sociales no solamente se suaviza, sino también opera como vector para transferir al ordenamiento el principio en virtud del cual lo que verdaderamente importa no es la libertad de las personas, sino la del mercado. Como diré dentro de un momento, la formulación del veto se prestó sin embargo a legitimar el despido ad nutum.

El hecho es que los códigos decimonónicos admitían el libre receso del alquiler de inmuebles que estuvieran destinados a vivienda “sin determinación de tiempo”. Por tanto, argumentaba Francesco Carnelutti, “¿el hecho que el legislador se haya manifestado explícitamente sólo respecto a la locación de cosas qué implica? El espíritu que anima la ley es claramente único: la aversión hacia los vínculos que obstruyen la libre comercialización de los factores económicos”. O sea, precisaba Barassi, el despido no es otra cosa que “la rescisión prevista para el arrendamiento de cosas aplicada por analogía”. Es decir: una persona se puede quedar sin trabajo de la misma manera que se puede quedar sin casa, porque el empleado puede ser despedido con la misma facilidad con la que se puede echar a un inquilino. ¡Qué bien!: es aquí entonces donde llega el dogmático moralismo de los proto-liberales según los cuales quién renuncia a la libertad a cambio de una pequeña seguridad – como seguramente hace quien renuncia mediante contrato a la autodeterminación en el trabajo – no merece ni libertad ni seguridad!

Es verdad que una opción interpretativa orientada de manera diferente corría el riesgo de afrontar una probable derrota. Aún así algunos juristas intentaron organizar una oposición. “Quien se hace servir no sirve”; “ergo”, magullaban, “la ley no está escrita para el”. La observación habría tenido que alertar y habría podido orientar a los intérpretes hacia una dirección que les permitiera fomentar soluciones más cercanas a la ratio política del dispositivo normativo. Este último, de hecho, se proponía realmente proteger el interés a la temporalidad de la relación solo por la parte del trabajador: sólo él ponía en juego su libertad personal. Tenía el fallo pero de estar formulado de manera técnicamente equivoca, porqué la nulidad que afecta a un contrato quita a la relación instaurada de manera tan torpe cualquiera pátina de juridicidad: resulta un vinculo meramente material cuya ruptura no hace surgir la obligación de compensar los daños a ninguna de las partes. Por eso, la derrota de los adversarios de la interpretación ganadora era algo prácticamente seguro: desafiaban ciertamente las reglas de la gramática y de la sintaxis jurídica. Los otros sin embargo cometieron una culpa ideológica. De hecho, en una temporada jurídica en la que el decisionismo equitativo de los jueces togados y de los probiviri predomina la materia – considerada la ausencia del legislador – no hubiera sido una extravagancia llegar por vía interpretativa a una solución hibrida y de compromiso como la que será adoptada por parte del código civil italiano del 1942. Con una buena dosis de pragmatismo, esta preveía que, en el caso se hubiese pactado una duración del contrato superior a un cierto número de años, su vencimiento legitimaba el empleado a deshacerse del vínculo: aunque si – eso hay que decirlo – durante el tiempo pactado la relación se mantenía como irrescindible por parte de ambos contratantes. Las cosas no se desarrollaron de esta manera. A causa de la impasibilidad de la mayoría de los intérpretes frente a la parificación entre la libertad económica del empleador y la libertad personal del empleado, la minoría en desacuerdo quedó aislada y la disposición de cuño iluminista del código se ha entregado a la cultura jurídica contemporánea como el antecedente legislativo de la licencia para despedir. O sea, de un instituto que, en presencia de un endémico desequilibrio entre demanda y oferta de trabajo, tenía el inconveniente – como escribía Federico Mancini – de transformar al trabajador subordinado en un moderno capite deminutus. Hecho que, vistas los precedentes, hace pensar que la licencia para despedir podía entrar en el ordenamiento sólo gracias a la complicidad de muchos. Como en realidad ha sido.

La conclusión es que el sector más consistente del conjunto de los usuarios de aquello que habría llegado a ser el derecho del trabajo facilitó su nacimiento haciendo frente a los desafíos más impactantes: al trauma de poder trabajar solamente en las dependencias de alguien se suma el de poder ser despedido con la única limitación del preaviso.

También el trauma más devastador, el que demolió modelos y estilos colectivos de vida, será absorbido hasta ser sepultado por el olvido desapareciendo lentamente de la “historia recordada” que – escribe Zygmunt Barman en Memorias de clase, su ensayo (en mi opinión) más bonito – “raramente concuerda con la historia de los historiadores”. Y esto porque la memoria pertenece a individuos o grupos vivientes, es un ligamen vivido, ella misma es vida: vida sacralizada, mientras que la historia de los historiadores la laiciza, puede también llegar a hacerla desaparecer y, seguramente, la reinterpreta, si es lo que hace falta para racionalizar y hacer cuadrar las cuentas con el pasado.

Tengo que confesar que han sido las reflexiones condensadas en las paginas de rara sugestión del pensador polaco las que me han sugerido, hace muchos años, que solamente una especie de reticencia a un malentendido temor reverencial puede impedir a la historiografía contemporánea sacar a plena luz, porque el contrato colectivo se ha ganado rápidamente el más amplio favor legislativo. El hecho es que el convenio colectivo – que el derecho burgués ignoraba – concedió su insustituible sponsorship al contrato de trabajo por cuenta ajena y además creó las condiciones idóneas para clonarlo en amplia escala, contribuyendo de esta manera a nivelar el originario déficit de aceptación popular. De todas formas, adscribir la función de acelerador de caída a un icono del “sentido de justicia ofendida generado por la lucha de los productores contra el nuevo sistema de poder”, del cual habla Baumann, no puede significar una lesión o ni siquiera un rasguño para la excelente reputación que rodea la autonomía negociadora colectiva.

Es un dato real incontestable que, en cuanto a capacidad de hacer deseable el intercambio de prestaciones en régimen de dependencia, el método de la negociación colectiva siempre ha luchado victoriosamente para conseguir el primado respecto del método legislativo. Desde este punto de vista, además, la performance de la cual es capaz el convenio colectivo siempre ha sido incomparablemente superior. Aunque solo fuera porque “salía de las caderas de la grande industria moderna” – según la ingenua representación de un autor prematuramente desaparecido, Alberto Galizia – y por eso sólo se proponía, independentemiente de las intenciones, como el símbolo legislado más vistoso derivado del principio de racionalidad incorporado en una técnica productiva que tiene la propiedad de predefinir una estructura rígida de las relaciones sociales y que por tanto diseñaba una organización de la sociedad entera coherente con la irresistible coerción uniformadora del capitalismo organizado. Es decir: el convenio colectivo ha sido un potente factor de promoción y consolidación para el nuevo orden social en cuya conformación participaron las representaciones colectivas a base voluntaria de individuos que, no pudiendo elegirlo o rechazarlo por si mismos, sólo podían interiorizarlo.

El conjunto de estas cualidades no podían molestar o producir envidia en los gobernantes. Al contrario, superadas las desconfianzas iniciales y tomadas las precauciones oportunas, estos se persuadieron que la fuente reguladora que responde mejor al propio interés público era el convenio colectivo. Y ello porqué intuían que una fuente de regulación de carácter consensual que imitase la ley y su sustancia autoritaria, era exactamente lo que hacia falta para promover la difusión de un modelo de relación en estridente contraste con la cultura de generaciones de artesanos, ya no totalmente artesanos, que seguían idealizando el trabajo autónomo – con sus miserias pero también con todas sus virtudes y los pequeños privilegios que hacían de estos trabajadores una aristocracia sin blasones de nobleza.

Por tanto, el convenio colectivo ha entrado en la historia jurídica como la genial, aunque anónima, invención de un bricolage exigido por la convergencia de distintos intereses: el de las macro-estructuras de la producción (para planificar la utilización de una fuerza-trabajo masificada que se quiere disciplinada y jerarquizada) y el de las coaliciones de sujetos que se movían al margen en el intento de buscar un equilibrio de poder contractual que, a nivel individual, era totalmente inexistente.

A primera vista ninguno pareció darse cuenta de que la negociación colectiva producía una alteración climática decisiva. Parecía un murmullo confuso; en realidad, multitudes de productores subordinados estaban aprendiendo a pagar el precio del sacrificio de su libertad personal y a revindicar su desembolso. De hecho, cuando su lenguaje llegará a ser más articulado e inteligible, se podrá empezar a escribir el epos de toda la historia jurídica del trabajo; un epos que tiene mucho que compartir con la rebelión disciplinadamente y pacientemente reprimida por el apólogo brechtiano donde se celebra el elogio a la humildad que orgullosamente combate y lucha contra el despotismo[2].

Entre las múltiples claves de lectura a las que ello se presta, he inmediatamente intuido que hay que privilegiar la que ofrece la posibilidad de reconsiderar la relación entre derecho del trabajo y economía desde el ángulo visual del enigmático protagonista del texto brechtiano. De hecho, también la evolución de su relación está marcada por la sorda resistencia del primero a dejarse dominar por el segundo. Una resistencia que se manifiesta en la propensión a transformar lo que existe en algo de diferente o en otro-de-si mismo, no querido y tampoco imaginado, cada vez que los efectos producidos por medidas, intervenciones, proyectos de normalización aparente generan expectativas de desestabilización real, la satisfacción de las cuales implica el ir más allá respecto de lo existente.

Pasa continuamente, aunque si la preterintencionalidad no es infrecuente.

La primera vez pasó con la legislación de la cual hablo a mis estudiantes en términos de legislación “de emergencia”. Puede ser que el tono pueda ser mal entendido, pero es más bien de conmoción que de burla. En efecto, aunque si es un acto fuertemente querido por un Canciller prusiano con la intención de cortar la hierba debajo de los pies al socialismo naciente, la legislación social tardodecimonónica ha enseñado tanto al personal político como a la clase de los operadores jurídicos a pensar en que el derecho privado no es capaz de tutelar bajo todos los aspectos, el interés del obligado a trabajar. Paradigmático tambien es el mayor efecto indirecto de la valorización legislativa del convenio colectivo. Los legisladores que atribuyeron a esta fuente reguladora del trabajo por cuenta ajena la relevancia jurídica de la cual de por sí carece dentro del ordenamiento del Estado, no tenían por cierto la intención de dejar de demonizar el conflicto que precede y prepara la formación del consenso de los grupos. Como bien se dieron cuenta los Colegios de Probiviri de final del siglo XIX en Italia su propósito era el de “permitir al empresario de la gran industria constituir su propio ejercito permanente, disciplinarlo y acostumbrarlo al trabajo para así poder contar con una fuerza conocida, hábil, constante”. De hecho, los Estados modernos intentaron mantener a la vez una actitud benévolo-permisiva respecto la negociación colectiva y una postura claramente represiva respecto al conflicto colectivo. El Estado fascista, por ejemplo, lo intentó, pero falló y ahora la huelga encuentra el espacio jurídico que el constitucionalismo de matriz liberal le negaba.

Además, rastros significativos de la ambigua constante evolutiva ahora resumida se pueden encontrar también en la narración de lo ocurrido históricamente y jurídicamente sobre la generalización del contrato de trabajo subordinado y la preferencia social por su indeterminación temporal. Hoy en día sabemos que tanto la subordinación – al principio vivida como una trampa por una parte conspicua de la población activa – como la duración virtualmente ilimitada del vinculo – combatida por el mismo legislador como síndrome de la re-feudalización de la sociedad – representan un ejemplo excelente de cómo lo que se considera como una desgracia puede convertirse en un recurso.

De todos modos merece la pena precisar que la inversión de tendencia no se ha verificado antes de que madurara la convicción que el contrato de trabajo por cuenta ajena por tiempo indefinido no tiene realmente alternativas válidas y que, por el contrario, representa una oportunidad que puede ser aprovechada en su propio beneficio también por parte de la población activa inicialmente recalcitrante. Es decir que no se ha verificado antes de un proceso de revisión de los criterios principales de una evaluación ambiental, dasarrolado, como se ha ampliamente subrayado, por la negociación colectiva. Y solamente al cumplir de la hora X, no un minuto antes, se cumplió el paso decisivo, el salto de cualidad. Sin embargo todo esto ha sido posible por la sinergia prodigiosa realizada entre el derecho del trabajo negociado por los sindicatos, el derecho del trabajo de origen jurisprudencial y el derecho del trabajo de fuente legislativa: es como si en el corpus normativo de la disciplina laboral, que antes se había movido con la débiles piernas de la autonomía privado-individual, apareciera una cabeza para pensar y pensar a lo grande, más a lo grande de cuanto hubiesen sido capaces interpretes como Barassi. Ellos pensaban que toda la potencialidad innovadora del derecho in fieri, que hoy en día llamamos derecho del trabajo, acabara dentro de los márgenes de un contrato de prestaciones sinalagmáticas y que tenía como único objetivo suavizar la ética de los negocios.

En cambio, su capacidad de proyecto se revelará como verdaderamente innovadora una vez que las clases dirigentes descubran que la pobreza ya no es solamente la del mendigo o del vagabundo. Hay tambien la pobreza de los obreros que crece a causa de los flujos incesantes de los desplazados, los desenraizados, los desorientados. De hecho, el derecho del trabajo competirá con las tradicionales políticas de gobierno público respecto a la pobreza ociosa y peligrosa. En principio intervendrá integrando las medidas de caridad o de represión, y luego substituyéndolas por los derechos sociales de ciudadanía reconocidos por las Constituciones post-liberales al trabajo políticamente y culturalmente hegemónico en la sociedad industrial en cuanto identificaba sin residuos la pobreza laboriosa.

2. – Cuando se derrumban los tabúes.

Volviendo a las razones que han estimulado el inicio del discurso, se puede decir que haberlas tomado en cuenta no ha sido una perdida de energías.

Una de las principales adquisiciones es que, como la falta de deseabilidad social del contrato de trabajo dependiente por tiempo indefinido ha podido solo retardar la llegada del mismo derecho del trabajo, así es razonable admitir que la deseabilidad social de la duración virtualmente ilimitada de tal contrato no puede ser suficiente para asegurar su continuada pertenencia al derecho viviente. Aunque pueda producir la ralentización del crepúsculo y el alejamiento en el tiempo de su final, siempre un final tendrá que tener. Lo que pero no es una ventaja que haya que desperdiciar. Por contra, no se podría entender porqué el derecho del trabajo – no sólo el de la fase de su infancia, sino también en la de su edad adulta – no confía en las innovaciones radicales provocadas por un solo evento con la instantaneidad parecida a la que se prepara un café soluble. Aunque sea previsible que estas innovaciones aportarán beneficios en el medio o largo plazo, el derecho del trabajo suele evaluar su concentración uno actu como un riesgo que hay que neutralizar. Dado que lo nuevo no resulta nunca fácil de aceptar, es normal que los predestinados a hacer experiencia directa de las innovaciones sobre su propia piel recurran a la única forma de defensa que pueden emplear. O sea, es frecuente que se vuelvan más rígidos en la defensa de lo que existe. No importa que el proceso de cambio siga su curso. Ellos saben que, si no pueden modificar la dirección, que además no conocen con precisión, pueden por lo menos condicionarla moderando su velocidad. De hecho, el derecho del trabajo, que es un condensado de cultura jurídica de la transformación, aun siendo un derecho a medida de hombre, siempre ha preferido la micro discontinuidad y los largos plazos. No por casualidad un primer ministro reformista de la talla de Tony Blair, ha honestamente admitido: “si hay algo que he aprendido de mi experiencia es que un líder y un partido pueden realizar los cambios que tienen en la cabeza solamente si se quedan en el gobierno durante un tiempo prolongado”. De todas formas es un merito de Karl Polanyi haber determinado el principio base de la mayor “gran transformación” de la modernidad, re-formulándolo de esta manera: “lo que es ineficaz para detener completamente una línea de desarrollo no es por esta misma razón totalmente ineficaz. El ritmo del cambio muchas veces no es menos importante que la dirección del cambio en sí”. Por tanto tampoco la más exasperante lentitud se considera necesariamente como un síntoma de culpable retraso. La propia lentitud es también, y no pocas veces, una manera de reivindicar el tiempo, cuyo transcurso aumenta la chance de “saber como adaptarse al mudar de las circunstancias sin hacerse talar”, como un árbol. Sus ramas, ha escrito Sennett, dobladas por el viento, después de un poco saben volver a su posición original; al comienzo del siglo XX, ejemplifica el mismo sociólogo, los cambios en la fabrica de Ford de Highland Park han requerido un tiempo de adaptación de casi treinta años.

En la economía del discurso hasta ahora desarrollado, hay que subrayar también las importantes consecuencias que se pueden derivar de la instintiva referencia a la historicidad de la misma categoría sistemática a la cual está conceptualmente ligada la identidad del derecho del trabajo. De hecho, la categoría de la subordinación-dependencia ha sido la primera en ser recorrida por una línea de ruptura a la cual ha seguido un inesperado revival del trabajo autónomo. La grieta se produjo durante el penúltimo decenio del siglo XX, cuando la clase profesional de los operadores jurídicos supo sustraerse a la tentación de dar crédito al atractivo de la presunción favorable hacia la subordinación que condicionaba de hecho todos los controles judiciales respecto a las situaciones en las cuales no era del todo cierto el parecido con las generadas por la relación laboral autónoma. La presunción era hija de la cultura de la sospecha que veía en cada lugar operadores económicos con pocos escrúpulos y mucho talento fraudulento que no sabían resistirse a la tentación de aprovecharse de las ventajas propias del trabajo ejercido en las formas típicas de la subordinación sin estar dispuestos a hacerse cargo de los gastos. Era una sospecha que venía ya de atrás y parecía resistente a morir; sin embargo, un acontecimiento judicial relativamente modesto como lo de los pony express ha revelado que podía perder consensos[3].

Poco después, ha empezado a temblar la presunción – compartida por el propio legislador – favorable a la indeterminación temporal de la relación laboral por cuenta ajena: “el contrato de trabajo se considera realizado por tiempo indefinido” establecía el código civil italiano del 1942, “si el término no resulta de la especialidad de la relación o de acto escrito”.

Vista la dimensión cuantitativa que la precariedad ha alcanzado hoy, no puede decirse que la rehabilitación del contrato de trabajo con un vencimiento directa o indirectamente prefijado, sea una mera expresión de la tendencia a la desmasificación del régimen jurídico de las relaciones contractuales que tienen por objeto un facere. Más bien hay que decir que, justo porqué el contrato al cual una ley del 1962 había atribuido un carácter de excepcionalidad ha llegado a ser una forma habitual de reclutamiento de la mano de obra, su liberación legal está acostumbrando a los trabajadores a la idea que su interés a la continuidad laboral carece de las garantías acordadas por el legislador que revocó la licencia de despedir fuertemente ligada a la figura del contrato de trabajo de tipo temporal.

No es que subordinación y duración virtualmente ilimitada de la relación laboral hayan vuelto a ser percibidas como un desvalor. La caída de las presunciones de favor que las asistían y, con razón o sin ella, habían adquirido la solidez de los dogmas, sigue transmitiendo el mensaje inequívoco que, tanto en las salas de justicia como en los hemiciclos parlamentarios, se estaría desarrollando un proceso de metabolización de un diferente modo de ser del mercado (o, mejor dicho, de la diferente manera de relacionarse con sus dinámicas) y de las diferentes maneras de producir (o, mejor dicho, de la diferente manera de entender la libertad de iniciativa económica) que verosímilmente culminará en una diferente manera de pensar el sentido del trabajo y los valores de los que éste es portador. Así, con tanto decir y contar sobre la noción legal de subordinación y la necesidad de su descongestión, se ha acabado por olvidar cómo utilizar el radar que permite el avistamiento, con una probabilidad más que discreta de no fallar, del característico status subiectionis sin el cual el derecho del trabajo que conocemos ni siquiera hubiera nacido.

El contrato de trabajo dependiente – según las enseñanzas impartidas por Luigi Mengoni y avaladas por el Tribunal Constitucional – se distingue de cualquier otro contrato en el cual se puede deducir un facere en cuanto “implica el destino a integrarse en una organización productiva en la cual el trabajador no tiene ningún poder jurídico de control y a ser utilizado para un objetivo respecto al cual el trabajador mismo no tiene ningún interés jurídico tutelado”. Así que no es que el radar se haya roto. Más bien los que mejor saben usarlo son los directos interesados y no los intérpretes o el mismo legislador, según los cuales el “trabajo a proyecto” – por limitarme al ejemplo más hablado – si bien no es sinónimo de trabajo autónomo, sabe reproducir muy bien sus sintomatologías[4]. Al contrario, como dicen los interesados, “muchas veces el proyecto existe, pero no se puede ver. Aquí está lo bonito del “trabajo a proyecto”: para verlo hace falta poner un poco de imaginación”.

Si en el terreno de la calificación de la relación laboral, como acabo de señalar, los intérpretes han tomado la iniciativa, adelantando la realidad misma que decían perseguir porque era fácilmente reconocible la entonación prescriptiva, en lo concerniente al trabajo precario, el legislador se ha tomado la revancha. Fácilmente, hay que decirlo; visto que el intérprete no podía derogar un acto que, como la ley n. 230 del 1962, marginalizaba el trabajo a tiempo determinado, en el 2001, en la práctica, ha removido cualquier obstáculo para la utilización del contrato de trabajo por tiempo determinado y, en un delirio de omnipotencia, ha pedido el consenso de los sindicatos para que no se intrometieran en la selección de las causas de establecimiento del termino, dando de esta manera un paso atrás respecto a las posiciones adquiridas gracias a una ley de 1987 a partir de la cual comienza la erosión de la ley del 1962. Por eso, actualmente, “el establecimiento de un término de vencimiento está permitido (…) frente a razones de carácter técnico, productivo, organizativo” de las cuales es juez e intérprete el empresario; sin más. Por estas razones, se ha difundido la voz de que la precariedad es el predicado de “todos los contratos que no son para toda la vida, sino sólo para un periodo de la misma, hasta que le parezca bien a la empresa”.

Consecuencia de todo eso es que la precariedad ya no dispone de alguien que se encargue de controlar su trayectoria, y la poca fiabilidad del sujeto que garantiza la legitimidad de la cláusula contractual no será capaz de reducir la indeseabilidad social del contrato de trabajo a tiempo determinado; sino que, al contrario, la hará crecer. Por el lado del desempleado, el único incentivo del contrato por tiempo determinado es la oportunidad que le ofrece para entrar en el mercado del trabajo con la esperanza de no salir del mismo con su vencimiento, por haber sabido encontrar la manera de hacerse apreciar por el empresario. Pero, este tipo de argumento, sin duda sensato e incluso respaldado por las estadísticas, es dos veces inexacto.

En primer lugar, pasa por alto las ventajas seguras y sistemáticas que el contrato a tiempo determinado procura al empresario, sobre todo si este no es nada más que un mediocre operador económico escasamente interesado en rodearse de colaboradores motivados en comprometerse con el. La única justificación de la diversidad en la tutela reside en al insostenibilidad del coste económico del contrato estándar de trabajo por cuenta ajena a tiempo indeterminado; sin más.

En segundo lugar, el argumento esconde muy hábilmente lo que lleva consigo. Y detrás está la fe ciega en que la única cosa importante es facilitar el acceso al mercado del trabajo a cualquier medio, no importa cual, visto que cualquier contrato de trabajo, incluso el más escandaloso, evita el escándalo del no-trabajo. Pues si es verdad que la marginación social empieza con la marginación laboral es de hipócritas absolutizar el valor del empleo con el único fin de corroborar una concepción ideologizada que nos lleva a misticismos del tipo: quien no trabaja no tiene, pero sobre todo no es. En cualquier caso, todo este entusiasmo religioso por la redención terrenal asegurada por el trabajo puede ser ruinoso. Tanto como el entusiasmo que enciende de pasión a los secuaces del presidente de Estados Unidos, George Bush junior, que venera tanto la democracia que la quiere exportar al mundo a través de las armas. También esto es un objetivo cuya realización no se puede valorar por separado del método utilizado. ¿Que tipo de idea se están haciendo los iraquíes de la democracia llovida del cielo con las bombas de los aviones americanos? De forma parecida, hay que preguntarse que tipo de socialización puede obtenerse a través de la práctica del trabajo precario e sub-protegido. La verdad es que hay políticas de fomento del empleo que pueden contaminar y desnaturalizar el bien que es objeto de beatificación. De hecho, como las crónicas diarias informan que las condiciones de vida de los iraquíes son un tormento, la literatura de la que hablé al principio de este artículo, está llena de personajes inmersos en “una cotidianidad que no es capaz de asumir un sentido”.

¿Y entonces? Entonces todo esto significa que como la coerción uniformadora del capitalismo industrial generalizó la exigencia de satisfacer la necesidad de reglas que le permitieran disponer de un trabajo dependiente sin limite de tiempo, así ahora la economía de mercado radicaliza una coerción de signo opuesto y de hecho no puede satisfacer las necesidades de nuevas reglas sin desestructurar el prototipo histórico de los contratos de trabajo.

La verdad moral de la parábola brechtiana es nuevamente sometida a prueba. De hecho, la economía de mercado, que por otro lado nunca se había ido de verdad de la casa del señor Egge y solamente había aprendido como moderar su arrogancia, ahora cree que han cambiado las condiciones para replantearla.

Sin embargo, las cosas que nunca han sido sencillas con el tiempo se han complicado. De hecho la economía capitalista sin la cual el derecho del trabajo no hubiera penetrado en el ordenamiento de los Estados liberales - aunque no pierda la ocasión para hacerle comprender que quería someterle a sus nuevas exigencias en las formas, en los términos y en los tiempos para ella más convenientes – da la impresión de estar sufriendo las mismas dificultades de quien quiere intentar volver a poner el dentífrico en su tubo. El hecho es que – durante las numerosas fases que parecían el inicio del fin y realmente no eran más que el fin de un inicio – el trabajo ha arrancado a los gobernantes reconocimientos de tal magnitud que ha llegado a ser la primera fuente de legitimación de los derechos sociales de ciudadanía y de allí no será posible desclavarlo a menos de fragmentar los principios fundadores del Estado democrático-constitucional. Y esto porqué el pasaporte para acceder a la ciudadanía – una vez concedido – podrá cambiar de forma, color y dimensión, pero no es revocable. Antes bien, el declive del contrato de trabajo dependiente por tiempo indefinido expone la figura del ciudadano trabajador a una torsión que acabará por desplazar el acento más sobre el ciudadano que sobre el trabajador. Por tanto, aunque el trabajo industrial había conseguido alcanzar el apogeo de su emancipación en el momento de manifestar el punto máximo de su hegemonía político-cultural en los procesos de formación de las leyes fundadoras de las democracias contemporáneas, ahora le toca a la ciudadanía emanciparse de el, reafirmando su identidad pese a la pluralidad y a la heterogeneidad de las trayectorias laborales. O sea, en la medida en la que la precariedad produce efectos que traspasan la esfera laboral, exactamente como en épocas anteriores supo producir su contrario, la relación entre trabajo y ciudadanía reclaman ser presidida por reglas capaces, como decía Massimo D’Antona, de “seguir a la persona en su actividad, sin que sea la manera de trabajar la que marque el limite de su tutela”.

Con un horrible neologismo, los llaman amortizadores sociales, demostrando así no solo mal gusto, sino además escasa conciencia de su ambigüedad. En cambio, la terminología traiciona la insinceridad del pensamiento que debería expresar. No aclara si con ellos se quiere hacer frente a un cambio de época o a un momentáneo malestar; si es exagerado hablar de desaparición de un mundo, el de los padres y en parte también del que está escribiendo, o si a lo mejor es más real hablar de su replanteamiento; sobre todo, no ayuda a comprender si hacen falta solo mecánicos o si son necesarios también los peones camineros. La única seguridad es que, si llegarán a prevalecer los primeros, significará decir que los amortizadores sociales han llegado a ser una coartada para seguir en el desmantelamiento del derecho del trabajo.

Por eso, con una sabiduría empírica acompañada por un apreciable sentido del humor, Gian Guido Balandi sostiene que hay que apreciar, sin duda, la eficiencia de los amortizadores sociales, pero “eso no justifica que en las calles queden baches”; o aun peor, que se realicen nuevos baches de manera intencional, como ha hecho la ley más representativa de las políticas sociales del ultimo gobierno Berlusconi. Una ley que fomenta las más variadas practicas de externalización de las actividades de empresa y extrema la tendencia a la descentralización productiva, multiplica las ocasiones de petits boulots del tipo de usa y tira, vuelve más difícil desenmascarar las relaciones laborales autónomas aunque caracterizadas por la doble alienación a la cual el Tribunal Constitucional asigna una relevancia determinante: además, parece que sus normas se hayan escrito justo para despistar a los jueces que deben de portarse como sabuesos en la búsqueda de los indicios-espías de la subordinación. Una ley que más en general, es blanda con el capitalismo molecular de pequeño cabotaje y favorece sus vicios peores; dicen que el legislador quería corregir su predilección por el trabajo negro y la economía sumergida; pero no dicen que, con sus guiños, relegitima lo negro y sumergido, extendiendo encima de el varios estratos de consenso como si se tratara de una mermelada. Llegar a ser punteros de salto de altura no depende de una improvisación, sino de un duro entrenamiento. De todas formas no se conseguirá nunca crear un atleta si, cada vez que uno del grupo no supera la altura, su entrenador le baja el listón. En realidad, el capitalismo italiano da muchos más saltos de lo que parece. Pero – y en este sentido parece estar leyendo un comic – el ruido que realmente hace es “crack”.

Asi que los que de verdad hacen falta son los peones camineros. No solamente para agilizar los recorridos de salida y de vuelta a la precariedad – visto que el capitalismo parece buscar respuestas a la actual crisis de sistema optando a favor de una organización productiva ágil y ligera: fácil de construir pero también de desmontar, como una tienda de campaña – pero también para gestionar “medidas integradas de apoyo al mercado del trabajo”, como Balandi define la articulada estrategia (que todavía no existe) de acompañamiento de quien busca empleo. Una estrategia que se compone no solamente de medidas compensativas respecto al desempleo y que consisten en prestaciones económicas a cargo del Estado, sino también y sobre todo, de políticas activas relacionadas con la persona o con el territorio aptas para valorizar la más aletargada de las normas constitucionales: la que “reconoce a todos los ciudadanos el derecho al trabajo y promociona las condiciones que hacen efectivo su ejercicio”.

[1] En el año académico 2006-2007 el Departamento de relaciones laborales y industriales de la Universidad de Bari ha organizado un ciclo de seminarios sobre el trabajo en la literatura. El artículo reproduce el texto de la ponencia pronunciada el 22 de febrero de 2007. La traducción es de Milena Bogoni, revisada por el autor.

2] Para la comodidad del lector reproduzco el texto extraido de la edición Einaudi de Historias de calendario. “En el piso del señor Egge, que había aprendido a decir no, entró un día, en tiempos de la ilegalidad, un agente que le enseño un certificado emitido en nombre de aquellos que dominaban la ciudad, sobre el cual estaba escrito que debía pertenecerle cada habitación en la que entrara y de la misma manera debía ser servido por cualquier hombre que encontrara. El agente se sentó en una silla, pidió comida, se lavó, se hecho a dormir y, con la cara hacia el hombre preguntó antes de quedarse dormido: «¿Me servirás?»

El señor Egge lo arropó con una manta, alejó las moscas, veló su sueño y de la misma manera que elo había hecho aquel día le obedeció durante siete años. Sin embargo, aunque por él hacía cualquier cosa, siempre había algo que se guardaba bien de hacer: contestar a la pregunta. Al final de los siete años el agente, que había engordado enormemente por tanto comer, dormir y mandar, se murió. Entonces el señor Egge lo envolvió en una sabana, lo arrastró fuera de su casa, limpió las habitaciones, pintó las paredes, echó un suspiro de alivio y contestó: «No»”.

[3] El autor se refiere al debate en la doctrina – y en la jurisprudencia – italiana sobre la laboralidad de los mensajeros – conocidos en Italia como pony Express. El debate se reprodujo en España, en términos muy parecidos, aunque la decisión judicial en uno y en otro pais difiriera. (Nota de la Traductora).

[4] La expresión “lavoro a projetto” (traducida aquí literalmente) tiene muchas concomitancias con la figura del trabajo autónomo económicamente dependiente, en la expresión del Proyecto de Ley del Estatuto del Trabajador autónomo en España (Nota de la Traductora).

miércoles, 4 de abril de 2007

ANTONIO GRAMSCI

FILOSOFIA DELLA PRAXIS

Il concetto di 'prassi', come agire individuale e sociale, è al centro di tutta la filosofia inaugurata da Karl Marx e del suo modo di affrontare i problemi della produzione e della scienza. Nei cosiddetti Manoscritti economico-filosofici del 1844, che Gramsci non ebbe la possibilità di conoscere, Marx scriveva: «... come la società... produce l'uomo in quanto uomo, così essa è prodotta da lui» (K. Marx, Manoscritti economico-filosofici del 1844 in Marx-Engels, Opere, III, Roma 1976, pp. 324-325). Questa idea per cui la 'produzione' o 'prassi umana' è comprensiva non solo del lavoro ma anche di tutte le attività che si oggettivano in rapporti sociali, istituzioni, bisogni, scienza, arte ecc., traversa tutto il pensiero di Marx e costituisce il suo principio fondamentale.
Antonio Labriola ha sviluppato questo aspetto, sostenendo che il materialismo storico «parte dalla praxis, cioè dallo sviluppo della operosità e, come è la teoria dell'uomo che lavora, così considera la scienza stessa come un lavoro» (A. Labriola, La concezione materialistica della storia, Bari 1965, p. 233). Per Labriola «ogni atto di pensiero è uno sforzo; cioè un lavoro nuovo», mentre «il lavoro compiuto, ossia il pensiero prodotto, agevola i nuovi sforzi diretti alla produzione di novello pensiero» (ivi, p. 215).
Questa premessa serve a dimostrare che il termine 'filosofia della prassi', di cui parla Gramsci, non è un espediente linguistico, ma una concezione che egli recepisce come unità tra teoria e pratica.
Discutendo la Tesi XI di Marx, che propone di cambiare il mondo e non più di interpretarlo, Gramsci scrive che tale tesi non può essere interpretata come un gesto di ripudio di ogni sorta di filosofia», ma come «l'egemonica affermazione di unità tra teoria e pratica... Se ne deduce anche che il carattere della filosofia della praxis è specialmente di essere una concezione di massa, una cultura di masse» (A. Gramsci, Quaderni del carcere, Torino 1975, pp. 1270-71). E altrove ripete: «per la filosofia della praxis, l'essere non può essere disgiunto dal pensare, l'uomo dalla natura, l'attività dalla materia, il soggetto dall'oggetto; se si fa questo distacco si cade in una delle tante forme di religione o nell'astrazione senza senso» (ivi, p. 1224).
L'unità di teoria e di pratica serve a Gramsci per delineare una serie di concetti scientifici in grado di interpretare il mondo a lui contemporaneo (egemonia, blocco storico, nuovo senso comune, conformismo di massa nel suo nesso con nuove forme di libertà individuali e collettive, rivoluzione passiva, ecc.). Qui, in sede generale, in relazione alla filosofia della prassi ci limiteremo alle seguenti considerazioni:
l) Né la filosofia della prassi né alcuna scienza a essa collegata ci consentono di fare previsioni che abbiano carattere deterministico.
C'è un unico modo possibile di prevedere, ed è quello per cui esso è un atto pratico che implica la formazione e la organizzazione di una volontà collettiva. Da questa tesi Gramsci ricava la sua critica a Croce, in quanto la sua religione della libertà non contribuisce a creare risultati prevedi bili, evitando di formulare un disegno di trasformazione e una volontà politica che a esso corrisponda. Questa stessa teoria della 'previsione' mette in crisi le concezioni deterministiche tipiche dello scientismo della II Internazionale, che sono anch'esse fonte di passività.
2) Le volontà di cui parla Gramsci e, quindi, la prassi, non sono allo stato puro, ma contengono gli elementi materiali che l'uomo stesso ha oggettivato. Ciò significa in primo luogo che la filosofia della prassi è per Gramsci la coscienza piena delle contraddizioni della società a lui contemporanea, sicché «lo stesso filosofo, inteso individualmente o inteso come intero gruppo sociale, non solo comprende le contraddizioni, ma pone se stesso come elemento della contraddizione, eleva questo elemento a principio di conoscenza e quindi di azione» (ivi, p. 1487).
Scienze dell'uomo, tra loro distinte, e anche scienze della natura trovano al di là della loro indipendenza un momento di unità, diventando politica. Gramsci sintetizza ciò nei termini che seguono: «La filosofia della prassi è lo 'storicismo' assoluto, la mondanizzazione e terrestrità assoluta del pensiero, un umanesimo assoluto della storia» (ivi, p. 1437). Per intendere questa ultima affermazione, il lettore dovrà richiamare la tesi sopra riportata sulla verità come corrispondenza a una realtà dall'uomo stesso oggettivata.
3) Gramsci definisce «l'uomo come una serie di rapporti attivi (un processo), tali che esso «non entra in rapporto colla natura semplicemente per il fatto di essere egli stesso natura, ma attivamente, per mezzo del lavoro e della tecnica» (ivi, p. 1345).. In altre parole ogni individuo «non solo è la sintesi dei rapporti esistenti, ma anche della storia di questi rapporti, cioè è il riassunto di tutto il passato» (ivi, p. 1346). Come è possibile cambiare il mondo se il singolo dipende in tal modo dal suo passato? La risposta di Gramsci è che «il singolo può associarsi con tutti quelli che vogliono lo stesso cambiamento, e se questo cambiamento è razionale, il singolo può... ottenere un cambiamento ben più radicale di quello che, a prima vista, può sembrare possibile» (ibidem).
In conclusione, la filosofia della prassi è per Gramsci costruzione di volontà collettive corrispondenti ai bisogni che emergono dalle forze produttive oggettivate o in via di oggettivazione e dalla contraddizione tra queste e il grado di cultura e di civiltà espresso dalle relazioni sociali. Sono implicite in questa, che appare come una concezione filosofica, una serie di scienze della natura e dell'uomo. Prese isolatamente, esse possono essere ritenute indipendenti; considerate come espressione della possibile contraddizione tra attività creative e rapporti comunicativi di tipo sociale, entrano a far parte della filosofia della prassi e possono in tal modo influire sulla politica, cioè su quei cambiamenti che ci fanno intravedere un nuovo modo di vivere a superiori livelli di civiltà.

Nicola Badaloni (1924 - 2005) docente di storia della filosofia all'Università di Pisa.

EGEMONIA

Il concetto gramsciano di egemonia si contrappone, nei Quaderni del carcere, all'idea di «dominio». È solo in una fase rozza e primitiva che si può pensare ad una nuova formazione economica sociale come dominio di una parte sull'altra della società. In realtà è un complesso sistema di relazioni e di mediazioni che stabilisce una egemonia e cioè una compiuta capacità di direzione. Gramsci fa una serie di esempi storici: in particolare quello della egemonia dei moderati nella Francia ottocentesca o in Italia. Non vi sarebbe stata organizzazione del potere moderato solo attraverso la forza. È un complesso di attività culturali e ideali - di cui sono protagonisti gli intellettuali - che organizza il consenso e consente lo svolgimento della direzione moderata.
Questa nozione del concetto di egemonia viene da una ben precisa interpretazione del pensiero di Marx. Gramsci sottolinea a più riprese che solo una lettura schematica può lasciar ritenere che in Marx quelle che egli definisce le sovrastrutture abbiano un rapporto di dipendenza meccanica con le strutture. Il fatto che in Marx si parli delle sovrastrutture come «apparenze» va dunque visto come un bisogno divulgativo, come una forma di discorso «metaforico» per un dialogo e una comprensione di massa della nuova analisi della società. Con la parola «apparenza» Marx vuole indicare dice Gramsci - la «storicità» delle «sovrastrutture» etico-politiche, culturali e ideali, contro le concezioni dogmatiche che tendono a considerarle come assolute.
Di conseguenza, Gramsci non respinge la visione proposta da Benedetto Croce sulla esigenza di uno studio della storia dal punto di vista etico-politico. Ma - e qui viene la polemica con Croce non si può interpretare la storia solo da questo punto di vista:
l'aspetto etico-politico può spiegare, appunto, il processo dell'affermarsi della egemonia dell'una o dell'altra formazione economico-sociale, ma non dà conto dell'insieme del processo storico.
Per Gramsci il grande merito di Lenin è appunto quello di avere colto, di contro alle degenerazioni e semplificazioni economicistiche e deterministiche, il valore straordinario e decisivo della lotta culturale e ideale al fine della affermazione delle classi subalterne e della affermazione di un nuovo sistema economico-sociale.
L'idea di egemonia, in Lenin, non va dunque intesa - nella interpretazione di Gramsci - come affermazione di un dominio, ma come affermazione di una superiore capacità di interpretazione della storia e di soluzione dei problemi che essa pone.
È proprio l'idea di egemonia così intesa che distacca radicalmente Gramsci da ogni forma di meccanicismo nella interpretazione del corso storico e da ogni visione riduttiva o autoritaria della funzione delle vecchie o nuove classi dirigenti. Se queste perdono egemonia culturale, ideale, morale cessano di essere dirigenti e passano all'esercizio di un dominio destinato a decadere o a crollare.
Gramsci si distacca così da ogni concezione di tipo tirannico della espressione «dittatura del proletariato».
Il concetto di egemonia in Gramsci - e la particolare lettura di Marx e di Lenin che esso comporta - si distinguono in modo radicale dalle interpretazioni di Marx e di Lenin che in quel periodo si affermavano nella terza internazionale. Del concetto di egemonia è stata sovente fornita una lettura distorta, a scopi di polemica politica. Il concetto di egemonia è stato sovente attaccato come se volesse esprimere l'idea di una dittatura di partito. Ma ciò non corrisponde in alcun modo alla tesi gramsciana, anzi la nega e la contraddice.

Aldo Tortorella, già membro della Segreteria del Pci - deputato.

CULTURA «POPOLARE»

L'analisi della cultura «popolare» (cioè di quella propria delle classi subalterne) è un momento essenziale del pensiero di Gramsci. Al centro dei Quaderni del carcere vi è la convinzione che in quella fase di sconfitta del movimento operaio, e quindi di «guerra di posizione», fosse necessaria una battaglia culturale che costituisse un blocco storico in grado di assicurarsi l'egemonia: il momento del consenso indispensabile per arrivare a quello del dominio.
In questa prospettiva diventava centrale lo studio non solo del ruolo avuto storicamente dai gruppi intellettuali, ma, anche, della mentalità e della cultura delle classi popolari fino allora tenute lontane dal potere e dalla cultura.
Per Gramsci quella cultura (nel senso largo: concezione del mondo) è essenzialmente «folklore»: un concetto e un termine per i quali egli non prova i compiacimenti generosi ma interessati dei romantici né, tanto meno, il misto di disprezzo sostanziale e di mitizzazione estetizzante dei decadenti.
Gramsci, nonostante quanto è stato affermato con burbanzosa fatuità, non era «populista», e «folklore» è per lui un concetto negativo. Esso, costituito come è in massima parte dai cascami della cultura egemone, è sempre «contraddittorio e frammentario» (Q.d.C. 1105); si avvicina al «provinciale» in quanto particolaristico e anacronistico (ivi, 1660); rappresenta «una fase relativamente irrigidita delle conoscenze popolari di un certo tempo e luogo» (ivi, 2271); corrisponde a ciò che in filosofia è il senso comune, cioè «una convinzione disgregata, incoerente, inconseguente, conforme alla posizione sociale e culturale delle masse di cui esso è la filosofia» (ivi, 1396). Pertanto non è né può essere «nazionale», se nazionale è solo una cultura contemporanea e a livello mondiale o almeno europeo (ivi, 1660). E compito della filosofia della prassi, in quanto «espressione» delle «classi subalterne» (ivi, 1320), è precisamente «educare le masse», liberandole dalla loro cultura arretrata (ivi, 1858) e portando le a una visione del mondo moderna e universale.
Due tesi dunque solo in apparenza contrastanti; svalutazione della cultura popolare per la sua arretratezza, ma pure riconoscimento della sua serietà (ivi, 2314) e della necessità di studiarla se si voglia compiere «un calcolo più cauto ed esatto delle forze agenti nella società». E perciò Gramsci, pure con gli strumenti limitati a sua disposizione, pone le premesse per uno studio della cultura popolare, nuovo nel metodo, nella scelta e analisi del materiale, nelle conclusioni. Elabora criteri metodologici che tengano conto dei caratteri peculiari delle classi subalterne e delle loro strutture sociali e mentali (ivi, 2268 sg; 2283 sg.), e ne distinguano le esigenze rispetto a quelle delle classi colte ed egemoni: ciò che è un ferrovecchio in città - scrive icasticamente - può essere un utensile in provincia. E intraprende un'analisi, del tutto nuova nella nostra cultura, della letteratura popolare, studiandone sia i generi (il melodramma, il romanzo d'appendice, poliziesco, nero), sia gli strumenti di produzione e diffusione (l'editoria popolare), sia particolari autori (Guerrazzi, Mastriani, la Invernizio ecc.), sia alcune opere e la loro circolazione.
I limiti di queste ricerche sono, com'è naturale, tanto nella loro stessa novità e nella mancanza perciò di modelli, quanto nelle condizioni nelle quali Gramsci lavorava. E perciò se molte delle sue analisi sono ancora oggi di pungente attualità, altre paiono imprecise, carenti di dimostrazione, non persuasive. Ma restano la novità geniale delle tesi di fondo, l'assunto della necessità di un sistema letterario organico nel quale tutti i livelli trovino posto e siano visti nelle loro reciproche implicazioni, l'avvio a un tipo di ricerche e di studi che ha dato già tanti frutti e che è ancora in pieno svolgimento.

Giuseppe Petronio (1909 - 2003) docente di letteratura italiana all'Università di Trieste

CONSENSO

Per intendere la portata e il limite del pensiero di Gramsci attorno ai problemi del consenso e della democrazia politica occorre innanzi tutto considerare la tradizione storica entro la quale si muove Gramsci. Egli ha di fronte un'Italia nella quale un suffragio allargato è introdotto soltanto dal 1919 e ha già avuto la terribile risposta del fascismo. Per altro verso egli riflette sull'esperienza della rottura rivoluzionaria dell'Ottobre che è stata bloccata dallo stalinismo principalmente per mancanza di tradizioni e istituzioni democratiche.
Fra le due guerre mondiali la democrazia è in declino in tutto il continente europeo e sul piano teorico subisce contestazioni di varia natura: Weber è morto sognando una democrazia plebiscitaria che leghi carismaticamente i capi alle masse, Lukacs e Schmitt - suoi allievi - chiedono regimi «nuovi» ispirati al mito della classe operaia e del suo partito oppure al mito della efficienza di un leader dittatore. Anche nella sinistra è profondamente penetrata la cultura di un attivismo «rivoluzionario» sostanzialmente nichilista e protestatario, cui fa riscontro la tendenza all'accettazione del «male minore». Da una parte si pensa che la macchina dello Stato è soltanto forza, cui va opposta la violenza «rivoluzionaria»; dall'altra si sottintende che non c'è sostanzialmente niente altro da fare che lasciarsi trainare dalle «forze dirigenti».
In questo quadro assume un forte significato rinnovatore l'idea gramsciana della egemonia. Secondo Gramsci la supremazia di un gruppo sociale si manifesta in due modi: come dominio (coazione) e come «direzione intellettuale e morale» (consenso). Lo Stato non è dunque mai pura forza, né la trasformazione può esser pura violenza. Quindi un gruppo dominante non è per ciò stesso dirigente e un gruppo dominato non è votato alla subalternità.
La possibilità di dissaldare la forza dal consenso si affida all'elemento creativo e mobile di una politica capace di scavalcare gli interessi ristretti (corporativi) di una classe per realizzare una più vasta aggregazione di consensi attorno a un nucleo di interessi più generali, radicati nella comunità nazionale. Questa possibilità è legata tanto alla capacità di cogliere gli interessi durevoli della classe lavoratrice e la loro convergenza con gli interessi della società nazionale, quanto alla dignità culturale di una politica che si sente responsabile della guida di un popolo e di una nazione. La capacità chiama in causa l'analisi delle tendenze fondamentali che sospingono i processi sociali in corso, mentre la dignità culturale sospinge la politica a farsi erede e continuatrice della storia nazionale: «politica-
storia». Da qui la confluenza in Gramsci di un antidogmatico spirito di ricerca delle prospettive con una approfondita indagine sulla storia della nazione e della sua cultura.
Su questa linea Gramsci reagisce sia contro l'elitismo di chi teorizza l'inevitabile e permanente scissione fra rappresentanti e rappresentati, sia contro la denigrazione della democrazia rappresentativa come regime dominato dal «numero». In realtà, ragiona Gramsci, una coerente democrazia politica «tende a far coincidere governanti e governati» e ha quindi per modello un autogoverno generale, la crescita culturale di tutti. D'altra parte «la numerazione dei voti è la manifestazione terminale di un lungo processo», nel quale vengono collaudate le proposte e le capacità della élite di risolvere i problemi generali. Non si tratta affatto di sostituire alla élite eletta una «élite per decreto». Si tratta invece di immettere nell'élite eletta una cultura fatta di responsabilità nazionale e umana nei confronti del proprio popolo e degli elettori-persone. Così si allargherà il consenso attorno a chi sarà in grado di proporre soluzioni più ragionevoli e più umane.
Mentre sull'Europa e sul mondo si addensavano le nubi della seconda guerra mondiale, nel carcere di Turi Gramsci non si accodava alle scetticheggianti critiche portate alla democrazia rappresentativa e cercava invece di orientarla a modelli più atti a radicarla nelle grandi masse emergenti. Egli concorreva così a determinare la rinascita democratica della lotta antifascista, che sarebbe in certo modo culminata - in Italia - con la conquista del suffragio universale e della Repubblica democratica fondata sul lavoro.

Umberto Cerroni, docente di scienza della politica all'Università di Roma «La Sapienza»

CATTOLICI

Le posizioni di Gramsci sulla «questione cattolica» in Italia tendono fin da principio ad andare oltre il vecchio anticlericalismo, con cui essa continuò a lungo ad essere affrontata anche dopo la prima guerra mondiale. Già nel 1919 egli qualifica il partito popolare come un frutto della laicizzazione e del rinnovamento operatosi in Italia è col Risorgimento e con l'unità e come un partito di massa che esprime la progressiva maturazione sociale del proletariato italiano in direzione del suo obbligato sbocco comunista. Su questa base Gramsci afferma senz'altro che il futuro «Stato operaio dovrà anch'esso trovare un sistema di equilibrio» col cattolicesimo in Italia. D'altra parte, le masse che i popolari organizzano sono, in particolare, quelle «dei contadini e delle categorie che si trovano nella foro stessa situazione politica»; ma si tratta di masse eterogenee, i cui vari elementi sono destinati a prendere ciascuno la sua strada a mano a mano che «acquistano coscienza di sé e dei loro reali interessi»: nel suo stesso successo il partito popolare ha le ragioni della sua fatale dissoluzione, rimanendo intanto inevitabilmente connotato come «partito del programma democratico e dell'alleanza coi conservatori». In ciò Gramsci vede un'analogia dei cattolici con i socialisti, che anch'essi, da un lato, portano grandi masse ad inserirsi nello Stato uscito dal Risorgimento e, dall'altro, a non essere capaci di cambiare la logica di questo Stato. «Don Sturzo e Turati - scriveva allora Gramsci - incominciano stranamente a somigliare al vecchio Giolitti». Si tratta in entrambi i casi di una realtà «fondamentalmente conservatrice e reazionaria», di cui però non si può non tener conto, dato che in essa si attuano «un complesso inquadramento di forze reali» e lo sforzo di realizzare «un sistema più agile, più adatto alla necessità nuova di mantenere con le masse un contatto continuo» e di superare il distacco tradizionale tra lo Stato italiano e le masse.
Nel breve giro di alcuni anni la prospettiva muta, però, rapidamente. Dinanzi alla progressiva affermazione del fascismo Gramsci è teso a cogliere tutti i segni che possono indurre ad inquadrare la questione cattolica in quella più generale che egli nel 1924 già definisce come il problema di «portare sul terreno di classe la resistenza e la opposizione della popolazione lavoratrice al fascismo». Nella nuova situazione, con le secessioni che ne riducono la forza elettorale e l'organizzazione in modo assai grave, il partito popolare sembra a Gramsci essere entrato in una crisi gravissima, che lo fa staccare anche dal Vaticano e che bisogna mirare a concludere. È ora che egli elabora una netta distinzione tra politica vaticana e cattolicesimo politico italiano. In nessun caso - egli afferma - si deve mirare «a favorire i tentativi, che possono nascere, di movimenti ideologici di natura strettamente religiosa». Se i cattolici giocano un ruolo di sinistra, questo non accade perché essi si contrappongono alla Chiesa su posizioni religiose di un certo tipo, bensì perché assumono determinati orientamenti in materia sociale. Sono questi a dover interessare la sinistra, e non già le questioni di ortodossia o di principio religioso. Così le immagini di un cattolicesimo politico italiano ora in ritirata dinanzi alla penetrazione e all'assorbimento da parte fascista, ora espressione di interessi schiettamente conservatori, ora sostanzialmente strumento dell'azione vaticana, ora fortemente autonomo e reattivo sul terreno di classe, e suscettibile di grandi sviluppi in questo senso, si sovrappongono in Gramsci fino al 1926 tra loro e danno luogo a varie e significative oscillazioni del suo pensiero. Ma le oscillazioni non dipendono soltanto da ondeggiamenti teorici dello stesso Gramsci. Esse sono anche effetto del travaglio attraverso cui si stabilì in Italia tra il 1922 e il 1926 il regime fascista, e dipendono, dunque, per altro verso, dallo stretto rapporto che, in questo come in altri casi, si osserva in Gramsci tra riflessione ed esperienza, pur nello sforzo costante di padroneggiare pienamente da un punto di vista tanto storico quanto politico tutti i termini della questione cattolica.
Nel periodo del carcere, e quindi nei Quaderni, si osserva innanzitutto un allargarsi del discorso gramsciano dal cattolicesimo politico italiano a quello di tutta Europa. In questo quadro il Concordato del 1929 gli appare come particolarmente grave, perché segna, tra l'altro, un cedimento dello Stato sul terreno scolastico dalle elementari all'università, e quindi nella formazione a livello sia popolare che della classe dirigente; e perché il Concordato è legato al Trattato del Laterano, ma è un accordo fra due sovranità all'interno dello stesso Stato, con oggettiva limitazione del governo italiano a rappresentare solo lo Stato italiano, mentre la Chiesa rappresenta sia il Vaticano come soggetto di diritto internazionale che se stessa in Italia. In questo caso Gramsci irrideva a coloro che avevano «scoperto con grande stupore e senso di scandalo che cattolicismo è uguale a 'papismo'»; e, insieme, ai «grandi politici del Vaticano» che non avevano considerato appieno tutti i risvolti dell'accordo col governo fascista. Ora egli mostrava maggiore interesse per le contestazioni religiose al Vaticano, parlando del modernismo assai positivamente e affermando che in seno alla Chiesa non si può «evitare di porre in forma religiosa problemi che sono spesso puramente mondani, di "dominio"». Nello stesso tempo diventa dominante l'attenzione per l'Azione Cattolica, come braccio secolare della politica pontificia.
Ma Gramsci sottolinea pure che nel mondo contemporaneo la Chiesa non è più una forza mondiale direttiva e ispiratrice di forze e di valori, ma è anzi subalterna alle forze e ai valori di tale mondo; e che, a sua volta, l'Azione Cattolica, subalterna alla Chiesa, non può realizzare appieno le necessità che affiorano dall'interno del suo sviluppo. E nello stesso tempo distingue all'interno del mondo cattolico tre correnti in lotta per l'egemonia: integralisti, gesuiti e modernisti (grosso modo: destra, centro e sinistra).
Certo il problema si imponeva alla sua riflessione con forza crescente. Nella seconda metà della sua reclusione le note sulla questione cattolica si intensificano. Con Pio XI - non a caso definito come «papa dei Gesuiti» - si ha un grosso sforzo di far prevalere una linea di mediazione e di compromesso con le forze al potere in Italia e in Europa, con un procedere che Gramsci trova anche «incerto, timido, titubante». Ciò conferma a Gramsci che la questione cattolica si pone come questione aperta soprattutto per quanto riguarda il problema del rapporto tra la Chiesa e il partito politico di cui essa non può più fare a meno nella società contemporanea. Per allora questo partito era in Italia l'Azione Cattolica; e, con l'ispirazione dei Gesuiti, si cercava di «costituire una larga base popolare al movimento cattolico-democratico».. Ma la situazione avrebbe potuto mutare e obbligare a riconsiderare il problema, così come già era accaduto dal 1926 in poi rispetto agli anni precedenti, e negli ultimi anni del carcere rispetto ai primi.

Giuseppe Galasso, storico - docente di storia medievale e moderna all'Università di Napoli - già deputato del Pri

BLOCCO STORICO

Si confonde spesso il concetto gramsciano di blocco storico, che è un concetto storico e analitico, con quello di alleanze sociali, o di blocco sociale. Gramsci aveva posto con grande chiarezza il problema delle alleanze della classe operaia nella sua azione di dirigente del partito comunista, e specialmente negli ultimi anni prima dell'arresto. Nelle tesi del congresso di Lione (gennaio 1926) è affermata la necessità di porre in prima linea, fra gli alleati del proletariato industriale e agricolo, i contadini del Mezzogiorno e delle Isole. Nello scritto sulla Questione meridionale (novembre 1926) Gramsci indica «il consenso delle larghe masse contadine» come la condizione per mobilitare contro il capitalismo la maggioranza della popolazione lavoratrice.
Gli intellettuali hanno nella formazione delle alleanze, nella concreta situazione italiana, un ruolo decisivo. Essi infatti contribuiscono a legare nel Mezzogiorno i contadini ai grandi proprietari terrieri. È necessario spezzare questo legame attraverso la formazione nella massa degli intellettuali di una tendenza di sinistra «nel significato moderno del termine, cioè orientata verso il proletariato rivoluzionano».
Su un altro piano, come abbiamo detto, si pone il concetto di blocco storico, che tocca la questione teorica centrale del marxismo: il rapporto fra struttura e soprastruttura, fra teoria e pratica, fra forze materiali e ideologie. Gramsci respinge ogni visione deterministica e meccanicistica di questo rapporto. Non esiste una struttura che muove unilateralmente il sovrastante mondo delle idee, non c'è una semplice connessione di causa ed effetto, ma un insieme di relazioni e reazioni reciproche, che vanno studiate nel concreto svolgimento storico.
È fondamentale a questo proposito la ricerca condotta nei Quaderni del carcere. Gramsci tende a considerare astratta la distinzione fra struttura (i rapporti sociali di produzione) e soprastruttura (le idee, i costumi, i comportamenti morali, la volontà umana). Nella concretezza storica c'è convergenza fra gli uni e gli altri, una convergenza che conosce la distinzione e la dialettica, ma che si risolve in una «unità reale».
«La pretesa (presentata come postulato essenziale del materialismo storico) - scrive Gramsci - di presentare ed esporre ogni fluttuazione della politica e dell'ideologia come una espressione immediata della struttura, deve essere combattuta teoricamente come un infantilismo primitivo, o praticamente deve essere combattuta come la testimonianza autentica del Marx, scrittore di opere politiche e storiche concrete».
Esiste infatti una difficoltà di identificare di volta in volta, staticamente, la struttura. In realtà la struttura intesa separatamente dal processo storico, in sé, non esiste: e per quanto essa è obiettivamente rilevabile, è un movimento entro la storia, non una realtà al di fuori o sottostante la storia. Per queste ragioni la politica deve tener conto delle tendenze di sviluppo della struttura, che non tutte è detto debbano necessariamente realizzarsi. Di qui la possibilità dell'errore politico, che il materialismo storico meccanico invece esclude, ritenendo che ogni atto politico sia rigidamente determinato dalla struttura. Si tratta invece di cogliere un movimento e le sue contraddizioni.
Lo stesso criterio vale per l'esame delle relazioni fra teoria e pratica. Anche nei nuovi sviluppi del materialismo storico, osserva Gramsci, riferendosi probabilmente all'esperienza sovietica, «l'approfondimento del concetto di unità della teoria e della pratica non è ancora che ad una fase iniziale: ancora ci sono dei residui di meccanicismo. Si parla ancora di teoria come "complemento" della pratica, quasi come accessorio».
Tutta la polemica di Gramsci è rivolta contro l'economicismo e il pragmatismo degli interpreti del marxismo della II e della III Internazionale, e al tempo stesso contro ogni concezione idealistica, speculativa, che annulla o subordina i fatti pratici e materiali. C'è, al contrario, una «reciprocità necessaria» fra strutture e soprastrutture: «reciprocità che è appunto il processo dialettico reale».
Sottolineare il valore degli elementi di cultura e di pensiero ha un significato non solo teorico e di metodo storico, e qui ci riallacciamo al problema delle alleanze e degli intellettuali: il consenso, la direzione politica e culturale, sono «forma necessaria del blocco storico concreto». Nessuna formazione storica dotata di consistenza e di avvenire può prescindere da una sua espressione intellettuale e morale, da un suo cemento di idee e di valori.

Renato Zangheri, Sindaco di Bologna per il PSI (1970-1983), capogruppo alla Camera per il PCI (1983-1987), rettore dell’Università di San Marino fino al 1994.

AMERICANISMO E FORDISMO

Uno dei dati consolidati della storiografia sulla III Internazionale è certamente quello della carenza di analisi sugli Stati Uniti e sull'evoluzione della società americana. Tra l'altro è a questa insufficienza di analisi che si devono tal uni errori commessi dall'Unione Sovietica e dal movimento comunista nel campo delle relazioni internazionali all'indomani della seconda guerra mondiale, quando gli Stati Uniti apparvero come potenza egemone a livello planetario.
Appare quindi ancor più sorprendente ed eccezionale che Gramsci, nella sua elaborazione solitaria di recluso, abbia avuto la sensibilità di cogliere, quale elemento d'interesse della documentazione che riusciva a farsi pervenire, le osservazioni sulla società americana. L'angolo visuale dal quale Gramsci si colloca è quello a lui ben noto per l'esperienza torinese dell'organizzazione del lavoro nella grande fabbrica. E il primo dato che egli mette in risalto nella serie di note sugli Stati Uniti - scritte in anni diversi e raggruppate tematicamente nel 1934 - è l'intuizione dell'enorme forza del capitalismo americano, il solo che non si trovi di fronte i limiti rappresentati dai residui sociali, culturali, di modi di produzione precedenti. Già un'adeguata valutazione di questa intuizione avrebbe potuto evitare, anche in anni assai più vicini, certe macroscopiche sottovalutazioni della forza del capitalismo statunitense.
Il secondo dato rilevante è la comprensione della modernità del modello americano di organizzazione del lavoro che, lungi dal fare dell'operaio un «gorilla ammaestrato», crea anzi le premesse per una maggiore coscienza di classe che, da parte dei capitalisti, si tenta di contrastare sia con gli alti salari sia con strumenti «pedagogici».
Gramsci riconosceva che «... il metodo di Ford è "razionale", cioè deve generalizzarsi, ma che perciò sia necessario un processo lungo, in cui avvenga un mutamento delle condizioni sociali».
A differenza, dunque, di larga parte dei gruppi dirigenti e, ancor più, di vasti strati intellettuali dell'Italia fascista, Gramsci riconosce la superiorità dell'organizzazione produttiva americana, anche se ritiene che essa non potrà continuare a godere della posizione di privilegio con il generalizzarsi del metodo, che impedirà la possibilità di mantenere gli alti salari. In questo senso, anche a Gramsci sfuggono le capacità di autoregolazione che il capitalismo viene sviluppando per il tramite dell'intervento statale, capacità che, nonostante crescenti difficoltà, consentono ancora oggi al capitalismo americano di mantenere la propria egemonia a livello mondiale.
D'altra parte, non si deve dimenticare che le notazioni gramsciane sono estremamente precoci e non possono tenere conto degli sviluppi Le parole legati alla «grande depressione» e agli strumenti utilizzati per superarla.
Ma l'acume gramsciano non si limita alla individuazione degli aspetti essenziali della nuova società che si viene sviluppando; si spinge anche al riconoscimento di rilevanti aspetti culturali e di costume, che vanno dall'incidenza del nuovo ordine produttivo sulle abitudini sessuali alle caratteristiche dell'associazionismo di classe, alla profonda differenziazione tra la cultura degli intellettuali americani e quella degli europei.
Ma, al di là delle intuizioni più o meno profonde, quel che colpisce nella riflessione gramsciana è la sua assoluta originalità, prova di una profonda capacità di comprensione della realtà sociale che neppure le orribili condizioni della detenzione e dell'isolamento riescono ad attenuare.

Carlo Pinzani, storico

SENSO COMUNE E FILOSOFIA

Quello del «senso comune» è uno dei grandi temi che Gramsci, fin dall'inizio dei Quaderni del carcere (febbraio 1929), si propose di scrutare e mettere a fuoco in tutte le sue attinenze e nella sua rilevanza politica. Non a caso esso attraversa gran parte della sua meditazione carceraria. L'odierno esteso uso del termine, almeno in Italia, nel linguaggio politico, si può dire che è stato largamente influenzato dalla diffusione postuma del pensiero di Gramsci.
L'espressione «senso comune» è di origine filosofica (come ognuno può riscontrare consultando un qualsiasi Dizionario di filosofia, o una storia della filosofia moderna). Il confronto con la tradizione filosofica rimane una costante essenziale delle osservazioni di Gramsci in proposito, ma non allo scopo di proseguirla, bensì di trasformarla profondamente immettendo la nozione di «senso comune» nel discorso politico, appunto; cioè costituendola in categoria della scienza politica, interpretativa della realtà sociale e in pari tempo operativa.
Gramsci osserva che famosi filosofi (per esempio lmmanuel Kant o Benedetto Croce) si sforzano di far apparire le loro filosofie in accordo col cosiddetto «senso comune» (o anche «buon senso»), inteso come atteggiamento di opinione (<

Cesare Luporini (1909-1993), filosofo

RIFORMA INTELLETTUALE E MORALE

Per cogliere correttamente il senso della espressione gramsciana «riforma intellettuale e morale» è preliminare decantarla da un possibile equivoco. Il riferimento di Gramsci non è infatti da ricercarsi nel «riformismo», categoria integrante della storia del movimento operaio, ma invece nella «Riforma» protestante del secolo XVI, e delle sue conseguenze in quello che Gramsci definisce «lo spirito pubblico», il modo di sentire e di pensare delle grandi masse popolari; e alla Riforma egli associa l'analoga funzione svolta, in Francia, dalla rivoluzione democratico-borghese del settecento.
«Riforma luterana-calvinismo inglese-in Francia razionalismo settecentesco e pensiero politico concreto (azione di massa). In Italia non c'è mai stata una riforma intellettuale e morale che coinvolgesse le masse popolari [...] Il materialismo storico perciò avrà o potrà avere questa funzione non solo totalitaria come concezione del mondo, ma totalitaria in quanto investirà tutta la società fin dalle sue più profonde radici») (Quaderno 4, 1930-32, paragrafo 75). (Occorre sottolineare che, in Gramsci, qui e altrove, il termine «totalitario» non può esser letto secondo la connotazione negativa entrata nell'uso?.
Si tratta di una tematica, del resto, che Gramsci trae dalle discussioni critiche sulle modalità del Risorgimento italiano (egli stesso cita Gobetti, Missiroli, Dorso, e altri) e che inerisce pertanto alle più ampie ricerche gramsciane sul Risorgimento stesso, sul concetto di rivoluzione passiva; e, ancor più in generale, sul rapporto intellettuali-masse. In Gramsci è infatti del tutto pregiudiziale la consapevolezza che una tale riforma non può essere imposta dall'alto, ma può sorgere soltanto all'interno di un profondo sommovimento delle coscienze: un sommovimento che egli, comunista, identifica con il «materialismo storico», nel duplice significato di sistema di idee e di prassi rivoluzionaria.
Da qui la funzione che egli attribuisce al 'moderno Principe', il partito, che «deve e non può non essere il banditore e l'organizzatore di una riforma intellettuale e morale, ciò che poi significa creare il terreno per un ulteriore sviluppo della volontà collettiva nazionale popolare verso il compimento di una forma superiore e totale di civiltà moderna». (Quaderno 13, 1932-34, paragrafo 1).
«Ma può esserci - continua Gramsci - riforma culturale e cioè elevamento civile degli strati depressi della società, senza una precedente riforma economica e un mutamento nella posizione sociale e nel mondo economico? Perciò una riforma intellettuale e morale non può non essere legata a un programma di riforma economica, anzi il programma di riforma economica è appunto il modo concreto con cui si presenta ogni riforma intellettuale e morale» (ivi).
Appare quindi netta, in queste note gramsciane, la componente «politica» di un «programma» di riforma intellettuale e morale e il suo strettissimo nesso con un programma di riforma economica; cioè, in sostanza, di un mutamento nei rapporti tra le classi, e in quelli tra classi e potere politico.
Ancora una volta, perciò, il pensiero del Gramsci maturo dei Quaderni del carcere si palesa come rigorosamente ancorato al marxismo, attento cioè ai nessi fondamentali tra struttura dei rapporti di classe e formazioni della coscienza, tra «economia», «politica», e «cultura».

Mario Spinella (1918-1994), scrittore e partigiano

QUESTIONE DELLA LINGUA IN ITALIA

Per anni, biografi e critici di Gramsci, a cominciare da Piero Gobetti, si sono stupiti di un fatto: che un uomo così geniale e appassionato alla lotta politica e alla battaglia delle idee si fosse occupato tanto professionalmente di studi linguistici. Nello stupore, espresso a volte in forme assai candide, possiamo leggere uno dei tanti esempi della persistente difficoltà che gli studi linguistici e filologici incontrano nell'acclimatarsi nel nostro paese, cui continuano a risultare più che stranieri strani, diversamente da ciò che avviene in altre terre. Ma qui vogliamo parlare di Gramsci.
A parte il lungo impegno giovanile negli studi linguistici alla scuola torinese di Matteo Bartoli, che si protrasse ben oltre l'inizio della milizia politica, fino almeno al 1918, va ricordato l'impegno più maturo di Gramsci. I Quaderni del carcere si aprono col primo, del 1929, fitto di progetti e note sulla questione della lingua e il suo senso in Italia, e si chiudono con l'ultimo, il 29, del 1935, interamente dedicato a «Note per una introduzione allo studio della grammatica». L'edizione critica dei Quaderni dataci da Valentino Gerratana nel 1975 mise sotto gli occhi di tutti, con palmare evidenza, quel che prima solo ad alcuni (Sozzi, Rosiello) era stato possibile arguire: e cioè che le meditazioni sul linguaggio e sulla assai particolare situazione linguistica nazionale italiana non erano per Gramsci un sentiero laterale, ma una strada maestra di tutta la sua riflessione.
Quattro anni dopo l'edizione critica, un libro ampio e documentato di Franco Lo Piparo è partito da questa constatazione. In Lingua, intellettuali, egemonia in Gramsci (Laterza 1979) Lo Piparo ha mostrato che le considerazioni sulla vicenda storico-linguistica italiana e l'elaborazione dell'idea di linguaggio come attività capace sia di cementare un comune sentire sia, in altre circostanze, di produrre insanabili fratture entro una società, sono state decisive per Gramsci.
A partire da ciò egli reinterpretò la nostra storia nazionale scientifico-intellettuale e politica, ed elaborò la teoria dell'egemonia, della costruzione di un effettivo consenso come presupposto di una reale capacità di direzione.
Qualche anno dopo, in un convegno dedicato a Gramsci e ripreso e pubblicato nella rivista catanese «Le forme e la storia», Valentino Gerratana dichiarò il suo assenso all'analisi di Lo Piparo.
E in quella stessa sede Giuseppe Giarrizzo dette una interpretazione assai suggestiva delle meditazioni gramsciane sulla realtà linguistica:
esse sarebbero nate dallo sforzo di costruire una teoria della cultura e della società tale da dare ragione alla peculiare condizione italiana nel quadro delle sollecitazioni e delle scelte drammatiche della Terza Internazionale e del movimento comunista internazionale al centro delle quali il giovane Gramsci, diventato «capo della classe operaia» in Italia, venne a trovarsi bruscamente proiettato.
Nell'attivare parecchie parti della complessa riflessione gramsciana sul linguaggio (sulla mobilità e stratificazione della lingua; sulla tensione perenne tra grammatica vissuta e grammatica normativa; sulle strette relazioni tra scelte espressive e forme della cultura e della vita sociale) un peso ebbero certamente anche le esperienze di prassi linguistica che Gramsci visse. Come giornalista e come dirigente del nascente comunismo italiano, egli fu continuamente impegnato a fronteggiare le necessità di costruire un linguaggio politico e teorico nuovo, capace di articolare e pensare il nuovo mondo di idee e possibilità che si andava creando, e tuttavia tale da risultare trasparente alle masse in funzione di cui nasceva; un linguaggio esportabile su scala internazionale e tuttavia saldamente radicato nella tradizione nazionale. Egli fu costretto, insomma, a farsi di continuo traduttore e mediatore, al confine fra correnti linguistiche diverse.
Accanto agli studi linguistici e dialettologici alla scuola di Bartoli, accanto ad Ascoli, valorizzato giustamente da Lo Piparo, accanto ai pragmatisti italiani, sulla cui influenza hanno insistito Amodio ed Emilia Passaponti, fra le fonti della teoria gramsciana del linguaggio dobbiamo dunque collocare anche, come suggerisce Giarrizzo, lo stimolo che a Gramsci venne dalla viva esperienza politica, e quello della pratica concreta della parola nel contesto nazionale e internazionale.

Tullio De Mauro, docente di filosofia del linguaggio all'Università di Roma «La Sapienza»

GUERRA DI POSIZIONE E GUERRA DI MOVIMENTO

Il concetto di «guerra di posizione» è parte della teoria dell'egemonia e risponde all'esigenza di definire i caratteri storici nuovi della lotta politica nel mondo, dopo la grande guerra e la Rivoluzione d'ottobre.
«Il passaggio dalla guerra manovrata alla guerra di posizione», afferma Gramsci, appare «la questione di teoria politica la più importante, posta dal periodo del dopoguerra e la più difficile a essere risolta giustamente». La «rivoluzione in due tempi», egli aveva affermato fin dal '20 in un celebre articolo dell'Ordine Nuovo («Due rivoluzioni»), e cioè la conquista dello Stato in una battaglia campale risolutiva e l'impiego della macchina statale per trasformare coercitivamente la società, non può costituire l'archetipo della rivoluzione proletaria. La Rivoluzione d'ottobre, quindi, era da considerare l'ultima rivoluzione ottocentesca.
Il passo in cui il concetto di «guerra di posizione sul terreno politico» è formulato nel modo più pregnante, fa riferimento - così come accade quando Gramsci enuncia la concezione dell'egemonia - alla disputa che aveva contrapposto Lenin (tattica del «fronte unico») a Trotzckij (teoria della «rivoluzione permanente») circa i modi di sviluppare la lotta rivoluzionaria dopo il «grande atto metafisico» dell'Ottobre:
«Mi pare che Ilici aveva compreso - afferma Gramsci nel Quaderno n. 7 - che occorreva un mutamento dalla guerra manovrata, applicata vittoriosamente in Oriente nel '17, alla guerra di posizione che era la sola possibile in Occidente (...). In Oriente lo Stato era tutto, la società civile era primordiale e gelatinosa; nell'Occidente tra Stato e società civile c'era un giusto rapporto e nel tremolio dello Stato si scorgeva subito una robusta struttura di società civile. Lo Stato era solo una trincea avanzata, dietro cui stava una robusta catena di fortezze e di casematte; più o meno, da Stato a Stato, si capisce, ma questo appunto domandava un'accurata ricognizione di carattere nazionale».
Il passo è denso di riferimenti storici e di rimandi teorici che si possono cogliere alle voci «egemonia», «rivoluzione passiva», «americanismo», «intellettuali». Qui vorrei richiamare l'attenzione solo su un punto.
La distinzione fra Oriente e Occidente riprende un tema che già era stato al centro della elaborazione culminata nelle Tesi di Lione.
Esso riguarda le caratteristiche del rapporto fra produzione e politica nelle società capitalistiche sviluppate e chiarisce l'impossibilità di concepire la rivoluzione socialista in Occidente come un processo «puramente politico». «Nei paesi a capitalismo avanzato - aveva affermato Gramsci nel rapporto al Comitato centrale dell'agosto 1926 - la classe dominante possiede delle riserve politiche ed organizzative che non possedeva per esempio in Russia. Ciò significa che anche le crisi economiche gravissime non hanno immediate ripercussioni nel campo politico. La politica è sempre in ritardo e in grande ritardo sull'economia. L'apparato statale è molto più resistente di quanto non si può credere e riesce ad organizzare nei momenti di crisi forze fedeli al regime più di quanto la profondità della crisi potrebbe lasciar supporre».
Sviluppando la distinzione fra Oriente e Occidente, nel Quaderno 13 («Noterelle sulla politica del Machiavelli»), Gramsci perviene ad una enunciazione teorica di valore generale circa i rapporti fra politica ed economia. Nel celeberrimo Par. 17, Rapporti di forza:analisi delle situazioni, alla domanda «se le crisi storiche fondamentali sono determinate immediatamente dalle crisi economiche», egli risponde: «si può escludere che, di per se stesse, le crisi economiche immediate producano eventi fondamentali; solo possono creare un terreno più favorevole alla diffusione di certi modi di pensare, di impostare e risolvere le questioni che coinvolgono tutto l'ulteriore sviluppo della vita statale».
L'importanza del concetto di «guerra di posizione» si coglie dunque nel punto d'arrivo e di massima generalizzazione del ragionamento. Questo modo di dissolvere teoricamente l'economicismo si può considerare l'aspetto di maggiore originalità della tradizione comunista italiana e di massima differenza dalle altre correnti del movimento comunista e socialista internazionale.

Giuseppe Vacca, docente di storia delle dottrine politiche all'Università di Bari, presidente della Fondazione Istituto Gramsci.

PARTITO COME «MODERNO PRINCIPE»

Il «Principe» del Machiavelli non viene visto da Gramsci solo come prima compiuta espressione della scienza della politica. Egli sottolinea; naturalmente, la originale funzione del Machiavelli: colui che, per primo, distacca la trattazione della politica da quella della religione e della morale e si sforza di individuare le leggi universali e generali dell'opera di tutti i grandi che hanno fatto politica. Ma Gramsci sottolinea anche che il «Principe» va letto non solo come un trattato di scienza della politica (sia pure come il trattato fondativo) ma anche come un testo politico storicamente concreto, destinato nell'intenzione dell'autore - ad un intento concreto: e, cioè, al concreto scopo di rivolgersi alla «classe rivoluzionaria del tempo, il "popolo", la "nazione italiana", la democrazia cittadina che esprime dal suo seno i Savonarola e i Pier Soderini...» (Quaderno XIII, 20).
Un testo, dunque, dal «carattere essenzialmente rivoluzionario», come lo è la «filosofia della praxis» destinata anch'essa a parlare alla nuova classe sorta nel seno dei nuovi rapporti di produzione per indirizzarne e guidarne gli sforzi.
Questi sforzi non potrebbero essere coronati di alcun risultato se un «moderno Principe» (in quanto nuova teoria della politica) non fosse scritto, e un «moderno Principe» (in quanto attore della storia) non fosse costituito e non prendesse il suo posto dentro la realtà concreta del tempo presente: un «moderno Principe», che non può essere altro che il nuovo soggetto collettivo già storicamente affermatosi e cioè il partito politico.
La teoria da scrivere deve riguardare la nascita stessa e la possibilità, a partire da un riesame storico che vada alle radici della vicenda nazionale, del costituirsi di una «volontà collettiva» (la volontà intesa come «coscienza operosa della necessità storica, come protagonista di un reale ed effettuale dramma storico»), le ragioni dei suoi fallimenti, le condizioni del suo possibile affermarsi nello scontro concreto tra le classi. E di questa teoria del «moderno Principe» la seconda parte dovrà riguardare la «questione di una riforma intellettuale e morale» di cui il nuovo protagonista della storia dovrà farsi protagonista (Q. XIII, 2).
Così il partito di cui Gramsci traccia l'idea ha un compito altissimo, politicamente e moralmente. Viene di qui una concezione che tende a fare del «moderno Principe» un soggetto che può porsi come assoluto: «Il "moderno Principe", sviluppandosi, sconvolge tutto il sistema di rapporti intellettuali e morali in quanto il suo svilupparsi significa appunto che ogni atto viene concepito come utile o dannoso, come virtuoso o scellerato, solo in quanto ha come punto di riferimento il "moderno Principe" stesso, e serve a incrementare il suo potere o a contrastarlo» (Q. XIII, l).
Questo atteggiamento di Gramsci non può essere separato dal contesto storico in cui egli vive e lotta, essendo nel fondo di un carcere, dopo una drammatica sconfitta del movimento operaio e della democrazia. La sua riflessione si svolge nella opposizione ad una forza totalitaria e che totalitariamente esprime una dura e spietata tirannide di classe ammantata di ideologia:. il nuovo e «moderno Principe» - e cioè il partito della trasformazione socialista - non poteva presentarsi sull'arena di quella terribile lotta con minori certezze. Tanto più che esso parlava unicamente in nome di una speranza.
Ma per una valutazione corretta di questa accentuazione totalizzante bisogna anche ricordare che, in Gramsci, questa visione del partito non è quella di una organizzazione burocratica o di uno strumento di potere, ma quella di una potenza ideale destinata a compiere quella «riforma intellettuale e morale» che ha nella riforma economica della società soltanto il «modo concreto di manifestarsi».
Il «moderno Principe», anzi, proprio perché compie quella riforma intellettuale e morale storicizzando la realtà e i valori - e storicizzando anche se stesso - diventa la base di «un laicismo moderno e di una completa laicizzazione di tutta la vita e di tutti i rapporti di costume» (ibidem).
Questa concezione del partito in Gramsci non può dunque essere ridotta e banalizzata - come è stato fatto - quasi che essa costituisse l'imitazione o l'eco di quel che intanto andava accadendo nell'Urss e del ruolo che vi acquistava il partito. Era una concezione che, tuttavia, andava superata; e così è già in Togliatti con l'idea del «partito nuovo», cui si aderisce su base programmatica. Il laicismo moderno e la laicizzazione integrale che Gramsci considerava come finalità essenziale avrà bisogno di un partito comunista che, senza nulla perdere del proprio impegno ideale e morale, sappia considerarsi come un soggetto tra gli altri: capace di battersi per i propri convincimenti e per i propri programmi senza ignorare le ragioni degli altri.

Aldo Tortorella, già membro della Segreteria del Pci - deputato.

INTELLETTUALI

La questione degli intellettuali ha un rilievo fondamentale così nella teoria politica di Gramsci come nella sua analisi della storia d'Italia.
Per lui l'intellettuale non è soltanto il produttore di cultura: cioè l'artista, lo scrittore, lo scienziato, il filosofo, eccetera. Gramsci è, infatti, uno dei primi studiosi della società contemporanea che ha una visione ben più ampia delle funzioni e del lavoro intellettuale: mentre guarda con interesse al ruolo che particolarmente in una realtà come quella italiana hanno esercitato anche in passato le categorie intellettuali (per esempio il clero), egli concentra la sua attenzione sul fatto che con lo sviluppo del capitalismo moderno, con l'avvento delle società di massa, con l'intreccio crescente tra Stato e società civile, sono destinate a crescere enormemente l'importanza e l'estensione delle attività che sono riconducibili a una professione intellettuale.
In un passo del celebre saggio Alcuni temi della questione meridionale Gramsci sottolinea in modo molto limpido il mutamento nella collocazione e nella funzione degli intellettuali che avviene con la crescita del capitalismo e con lo sviluppo di una società industrializzata. «In ogni paese lo strato degli intellettuali è stato radicalmente modificato - egli scrive - dallo sviluppo del capitalismo. L'industria ha introdotto un nuovo tipo di intellettuale: l'organizzatore tecnico, lo specialista della scienza applicata. Nelle società dove le forze economiche si sono sviluppate nel senso capitalistico, fino ad assorbire la maggior parte dell'attività nazionale, è questo secondo tipo di intellettuale che ha prevalso. Nei paesi invece dove l'agricoltura esercita un ruolo ancora notevole o addirittura preponderante, è rimasto in prevalenza il vecchio tipo, che dà la massima parte del personale statale ed esercita la funzione di intermediario tra il contadino e l'amministrazione in generale.
Ma così nell'uno come nell'altro caso, sia che si tratti degli intellettuali tecnici e scientifici direttamente inseriti nella produzione oppure di quelli più collegati alle attività tradizionali o alle funzioni amministrative dello Stato, per Gramsci la funzione di questi strati è decisiva nel rapporto tra le classi fondamentali, cioè tra la borghesia, il proletariato, i contadini. La questione degli intellettuali si salda così strettamente, nella sua teoria politica, con quella dell'egemonia e del consenso.
A più riprese, nelle Lettere e nei Quaderni, Gramsci sottolinea infatti la distinzione fra una società politica (o un partito, una classe) che eserciti il dominio soltanto attraverso l'apparato coercitivo dello Stato, e una società politica che aggregando a sé gli intellettuali e le organizzazioni della società civile sia capace di esercitare il potere attraverso il consenso. È proprio se dimostra la capacità di guadagnarsi l'adesione non solamente dei suoi «intellettuali organici» (quelli, cioè, che sono l'espressione diretta di una determinata classe e dei suoi interessi), ma di strati assai più vasti di lavoratori intellettuali, che una classe di governo dimostra di essere non soltanto «dominante», ma «dirigente»: cioè di svolgere un ruolo «realmente progressivo, che fa avanzare realmente l'intera società».
È evidente l'importanza di questa analisi della questione degli intellettuali, sia al fine di porre le basi per una specifica riflessione sugli autonomi problemi riguardanti la vita e l'organizzazione della cultura (problemi ai quali l'opera di Gramsci dedica, infatti, il massimo rilievo), sia al fine di sottolineare la necessità di ricercare e promuovere (tanto più in società complesse come quelle dell'Occidente) uno schieramento di alleanze assai più ampio ed articolato di quello realizzatosi, nell'Ottobre sovietico, attorno ai soviet degli operai, dei contadini, dei soldati.
Non a caso è questo uno degli aspetti della riflessione di Gramsci che ha avuto il più ampio sviluppo non solo nella successiva elaborazione dei comunisti italiani, ma nel dibattito e nella ricerca di tutta la sinistra occidentale, così in Europa come nelle due Americhe.

Giuseppe Chiarante membro della segreteria del Pci, poi capogruppo PDS in Senato (1992-1994)

MORALE E POLITICA

Prendiamo la politica nel senso più specifico, e per altro precisato spesso da Gramsci: una attività che viene esplicata dalle forze della «realtà effettuale» e torna, si riapplica, a questa realtà; la volontà collettiva coordinata e cosciente che si assomma nello Stato e nei partiti; la volontà collettiva che non si restringe più solo alla difesa di sé e neppure cerca solo il primato nella società civile, ma che appunto governa o aspira a governare. Ora, nel mezzo delle molteplici possibilità di trasformazione che una società ha davanti, cosa deve fare la politica? Abbiamo, in proposito, nella riflessione di Gramsci, essenzialmente due livelli.
C'è, egli scrive nel 1932-'34-, la «grande politica»: quella che «comprende le questioni connesse con la fondazione di nuovi Stati, con la lotta per la distruzione, la difesa, la conservazione di determinate strutture organiche economico-sociali». E c'è la «piccola politica»: la politica non «creativa» ma di «equilibrio)), la «politica del giorno per giorno)). Non si può praticare solo la grande politica: non è che il quotidiano della società non interpelli la politica; anche i rivoluzionari, nota Gramsci nel 1919, devono sapere fare viaggiare i treni.
Ma, soprattutto, la politica non può esaurirsi nel piccolo fare, in un fare che non si riferisca a finalità «grandi», e quindi sorpassative dell'«empirismo immediato». L'uomo di Stato deve non praticare un «troppo realismo politico», ma avere «prospettive» lunghe; ha il compito non di «conservare un equilibrio esistente», ma di «creare nuovi rapporti di forze, e perciò non può non occuparsi del dover essere». Beninteso, non di un dover essere arbitrario: egli deve «sempre muoversi nel terreno della realtà effettuale», ma deve mirare a squilibrarla e riequilibrarla più in avanti, insomma a «dominarla e superarla».
La riflessione di Gramsci, di un socialista, non può tuttavia non portarsi al di là di questa tipologia relativamente descrittiva. Non può non porsi questo interrogativo: cosa deve fare una politica socialista, di progresso? Indubbiamente: «grande politica», dunque politica in vista di un dover essere. Ma di quale dover essere? Di quale «nuovo Stato»? Una politica di progresso non può manifestamente non trovare la sua identificazione che nelle finalità che si propone. E queste, in ultima analisi, non possono essere che finalità morali. Già nel 1917 Gramsci osservava: «Il socialismo... ha una morale».
Per Gramsci le finalità che la politica deve realizzare, le trasformazioni o condizioni che essa deve creare, hanno da essere, hegelianamente e marxianamente, non cose astratte ma esigenze e possibilità implicite nella «realtà effettuale» e nel tipo di economia e di «tecnica civile» che, muovendo da questa, si può edificare.
Questo radicamento realistico delle finalità non è però relativismo o politicismo. Se la politica ha uno spazio di autonomia, anche la morale ha un tale spazio: non c'è solo il dover essere realistico, non ci sono solo le finalità che la politica realizza; ci sono anche le finalità morali. Sono quelle che attengono a un vivere interamente umano degli individui. E queste finalità costituiscono palesemente la frontiera che la politica in ultima analisi ha da tenere in vista.
Sono esse il retroterra che sostiene le finalità realistiche della politica: Gramsci non potrebbe insistere in modi così pronunciati sullo Stato e sul partito come educatori degli individui alla disciplina, a un «conformismo sociale» o «razionale», ai valori collettivi, se non guardasse oltre, alle finalità morali o di umanizzazione piena.
Sono queste poi che diventeranno, con il mutamento in avanti della «realtà effettuale», finalità più direttamente appoggiate o favorite dalla politica. Una «realtà effettuale di progresso concepisce se stessa come legata... a tutta l'umanità». Questa realtà «si pone come tendente...
a unificare tutta l'umanità... La politica è concepita come un processo che sboccherà nella morale». È tesi che esigerebbe di essere discussa per la sua inflessione unificatoria. Ma badiamo all'essenziale: il fare di una politica di progresso non può non avere a frontiera le finalità morali; e occorre che la politica faccia progredire la «realtà effettuale» in modo che queste finalità possano essere portate nell'area delle finalità accessibili a molti e facilmente praticabili. Bisogna fare diventare esigenze e possibilità interne alla «realtà effettuale» finalità, per usare alcune formulazioni di Gramsci, come l'umanità unificata, l' «umanità pura», la «pienezza di vita e di libertà», la «forma superiore e totale di civiltà moderna», la necessità per l'avvenire, la responsabilità per la posterità.
A Gramsci si contesta, credo con fondamento, l'inclinazione a concepire la politica come l'attività che quasi essenzialmente risulta autrice del rinnovamento della «realtà effettuale». Ma dovremmo per questo legittimare una politica piccola o minimale, di mero equilibrio? Pur all'interno di una visione pluralistica del rinnovamento di una società risulta chiaro che per tale rinnovamento c'è bisogno di una politica «grande», di una politica che cerchi di essere costruttrice di storia, di un «nuovo Stato».
Si contesta poi a Gramsci la tendenza ad allineare all'indietro la frontiera delle finalità morali su quella delle finalità politiche. È vero piuttosto il contrario. Al fare politico Gramsci prospetta chiaramente la necessità di ancorarsi alle finalità morali. Egli non coglie certo in modo adeguato la tensione, verosimilmente inesauribile, fra una realtà pur umanizzata e le finalità morali o di umanizzazione piena.
Ma queste sono inequivocamente al centro della sua riflessione.
Gramsci, in sintesi, punta essenzialmente non a politicizzare il vivere morale, ma a dare universalità morale al vivere politico. Dunque inattualità di Gramsci, se pensiamo a molta politica e cultura politica di oggi; ma sua attualità straordinaria, se della politica vogliamo riguadagnare e tematizzare non cosa essa fa, ma cosa essa deve fare.

Aldo Zanardo, docente di filosofia morale all'Università di Firenze

FILOSOFO DEMOCRATICO

Nella riflessione gramsciana sugli intellettuali alcune specifiche nozioni storiografiche acquistano significati di categorie più generali.
Gramsci, ad esempio, conferisce solitamente valore emblematico di intellettuali «tradizionali» agli umanisti italiani «cosmopoliti», distaccati dalle urgenze pratiche di una mondanità che pure l'umanesimo e il rinascimento avevano contribuito a scoprire, o riscoprire, come dimensione moderna di civiltà e di storia. Gli illuministi antesignani o partecipi della Rivoluzione francese si possono considerare, invece, come i primi intellettuali «organici» del mondo moderno. Essi progettano «riforme» perché sono intellettuali riformati, ovvero provengono da una «riforma intellettuale».
Per i tempi che si approssimano, Gramsci prefigura un nuovo ordinamento economico-produttivo dal quale emergano intellettuali «organici» alla produzione: nuovi tecnici e, mediante un processo intensivo di emancipazione culturale, operai o lavoratori manuali trasformati essi stessi in tecnici o in dirigenti. E poiché per lui, come è noto, «tutti gli uomini sono filosofi», un tale rivolgimento farà tutt'uno con il radicarsi nel mondo del lavoro di una nuova coscienza filosofica individuale, identificabile con la stessa, rinnovata, «filosofia della praxis».
La «filosofia della praxis» è, d'altra parte, non solo filosofia della politica (così, forse, Umberto Cerroni nella voce «Filosofo democratico» del suo Lessico gramsciano), ma filosofia che fa politica, anzi che si fa politica. Leggiamo infatti nei Quaderni, (pp. 1331-1332):
«una delle maggiori rivendicazioni dei moderni ceti intellettuali nel campo politico è stata quella delle così dette 'libertà di pensiero e di espressione del pensiero (stampa e associazione)' perché solo dove esiste questa condizione politica si realizza il rapporto di maestro discepolo [...] e un nuovo tipo di filosofo che si può chiamare 'filosofo democratico'».
Gramsci non si limita, come Bucharin, a segnalare le tendenze conservatrici del disomogeneo e «frammentario» senso comune tradizionale e ad affermare che scienza e arte sistemano, rispettivamente, i pensieri isolati in concetti rigorosi e i sentimenti confusi in immagini.
Egli avanza l'ipotesi che un <

Giuseppe Prestipino, docente di filosofia della storia all'Università di Siena